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Socialismo y cultura en la Argentina (1890-1945)

 

Juan Buonuome (UDESA/UNSAM/CONICET)

 
El presente dossier reúne una serie de investigaciones recientes sobre los vínculos entre política y cultura a partir de la trayectoria del Partido Socialista en la Argentina durante su ciclo de surgimiento, consolidación y crisis acontecido entre mediados de la década de 1890 y la emergencia del peronismo. Aunque esta vía de entrada no había estado ausente en la agenda de quienes contribuyeron a la renovación de la historiografía sobre el socialismo durante los años ochenta y noventa, el mapa que puede trazarse hoy tiene mayor alcance y precisión que hace una década. En el marco de una expansión general de estudios académicos sobre el socialismo en la Argentina, que ha dado lugar, entre otras cosas, a la conformación de la Red de Estudios sobre Socialismo Argentino –RESA– en 2014, se asistió a una creciente preocupación por profundizar en las dimensiones culturales de la experiencia de esta fuerza política, ya sea ampliando líneas previas de investigación, ya sea abordando objetos y problemas desatendidos en el pasado.

Uno de los cambios más visibles fue el desplazamiento que se produjo desde el interés por los espacios de sociabilidad cultural socialista ligados a una función educativa (ateneos, bibliotecas, conferencias científicas), a una indagación de otras iniciativas de encuentro y socialización, como aquellas ligadas a la expansión del ocio desde la segunda década del siglo XX, o bien, a la naturaleza y características de la producción impresa (sobre todo periodística) del partido. Asimismo, se ha puesto el foco en la dimensión simbólica, ritual e incluso afectiva del proceso de configuración del socialismo como identidad militante, tal como se despliega en prácticas y discursos conmemorativos realizados por el partido, así como también en los ejercicios autobiográficos de sus principales dirigentes. En el campo de la historia intelectual, en tanto, la atención casi excluyente brindada a Juan B. Justo en el pasado ha sido trocada en los últimos trabajos por estudios pormenorizados del pensamiento y las trayectorias de otros importantes dirigentes e intelectuales socialistas. Al calor de una activa adopción de perspectivas desarrolladas en la historiografía internacional, las miradas recientes parecen haber dejado definitivamente atrás antiguas sospechas tendidas en torno a los abordajes culturalistas por parte de quienes podían leer este interés como el revés de la moneda de las limitaciones políticas –o el fracaso, sin más– del socialismo. Así, resulta cada vez más difícil postular alguna interpretación integral del lugar del Partido Socialista en la historia argentina sin otorgar un lugar prominente a su labor cultural.

“¿Puede haber realizado un partido político una obra cultural en la República Argentina? Es la pregunta que surgirá de muchos labios, incapaces de comprender la alta misión del Partido Socialista”.[1] Con estas palabras comenzaba Ángel M. Giménez un artículo publicado en 1926, de gran difusión posterior, donde sintetizaba los avances más importantes en materia cultural del socialismo argentino durante sus primeras décadas de acción partidaria. Según este destacado dirigente, la acción política solo ofrecería algún rédito si lograba, más tarde o más temprano, buenos resultados a la hora de despertar las conciencias de las masas trabajadoras. Erigidos en continuadores de una empresa de educación popular de evidente raíz ilustrada (la máxima sarmientina “educar al soberano” figuraba como epígrafe en el artículo de Giménez) los socialistas esperaban difundir entre las nuevas masas trabajadoras de la era de la inmigración y del crecimiento económico febril herramientas para que hicieran valer en la esfera pública sus intereses específicos de clase y se inmunizaran de las prácticas fraudulentas y demagógicas de la “política criolla”. Así, el Partido Socialista debía fungir como una verdadera “escuela de civismo”.

Esta concepción de una labor política que descansa, en definitiva, en un proceso de transformación cultural, fue una marca distintiva del socialismo de la Segunda Internacional. La historiografía académica, sin embargo, no siempre ofreció una imagen tan armónica entre ambos términos. Vale la pena repasar brevemente las coordenadas principales de la producción en otras latitudes, para luego atender al modo en que se han desplegado los aportes locales a esta problemática. En su clásico trabajo publicado en los años sesenta sobre la socialdemocracia en Alemania, Guenther Roth planteó que la resiliente y auto-contenida “subcultura” socialista (según él, compuesta por una red de organizaciones propias sostenidas férreamente en los principios del marxismo y confrontadas a las instituciones culturales dominantes) fue la contracara del proceso de “integración negativa” del partido al sistema político alemán, que le permitió convertirse en una fuerza electoral mayoritaria, pero que fue incapaz finalmente de operar transformaciones sociales y políticas profundas.[2] La perspectiva de Roth, no obstante, fue cuestionada en las décadas siguientes por trabajos que buscaron matizar por diversas vías la imagen de un sistema sólidamente unido por una postura ideológica. Así, la noción de una “subcultura” separada de la sociedad fue reemplazada por explicaciones que expusieron los vasos comunicantes existentes entre la vida cultural de los socialistas y universos más amplios de referencia, como la cultura obrera, la cultura popular campesina, la cultura republicana, el mundo de los intelectuales y la cultura de masas. Al mismo tiempo, la dimensión cultural ganó peso propio como factor explicativo de los avatares del socialismo en la producción académica de fines del siglo XX.

En el panorama local, la profunda renovación de la historiografía producida desde los años ochenta del siglo pasado ha permitido echar luz sobre facetas desatendidas del vínculo entre política y cultura en la historia del socialismo argentino. En un exhaustivo estado del arte publicado en 2005, Hernán Camarero y Carlos Herrera destacaban dos áreas de particular productividad: por un lado, aquellos enfoques socioculturales preocupados por las empresas culturales y educativas del socialismo, y por otro lado, la producción enmarcada en la historia intelectual, centrada en la figura de Juan B. Justo.[3]

En el primer caso, investigaciones como las de Dora Barrancos, Luis Alberto Romero y Leandro Gutiérrez ofrecieron algunas peculiaridades respecto de las líneas de investigación desarrolladas en otras latitudes.[4] Por un lado, sus trabajos mostraron el peso fundamental que tuvieron aquellas iniciativas relacionadas en forma directa con la difusión de la cultura letrada, como la formación de instituciones educativas, la organización de bibliotecas populares, la celebración de conferencias de temáticas científicas y la edición de libros baratos. En cambio, otros aspectos de la sociabilidad cultural centrales en la experiencia del socialismo europeo, como es el caso de los emprendimientos vinculados a la cultura física y deportiva, no recibieron más que una mirada rápida. Por otro lado, estos análisis identificaron la existencia de fuerzas que limitaban la conformación de un universo de experiencias centrado en la noción de cultura obrera, como habían destacado las investigaciones sobre el socialismo en Alemania y España, por ejemplo. Tanto las tendencias que favorecían la movilidad social ascendente, como el despliegue de acciones estatales que extendían la escolarización entre la población, parecían forzar a los emprendimientos socialistas a matizar las identificaciones doctrinarias y clasistas a través de una apelación centrada en la necesidad de integración social y política. En un contexto definido por el crecimiento económico y la democratización política de principios de siglo XX, el sesgo libresco y erudito de las empresas culturales promovidas por el socialismo aparecía en estos acercamientos ligado a una visión optimista respecto del papel que esta fuerza política tuvo en la construcción de ciudadanos instruidos e informados.

En el campo de la historia intelectual, la obra de José Aricó sobre el pensamiento de Juan B. Justo fue la referencia más destacada.[5] Articulado como un estudio de recepción de las ideas de Marx en la Argentina, su trabajo resaltó el grado de compromiso de Justo con la realidad local y su capacidad para adaptar los postulados marxistas al desarrollo histórico de la Argentina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. La “hipótesis de Justo”, según el autor, fue la de proponer al socialismo como el producto del progreso de la cultura política nacional y el avance de la democratización de las instituciones. Pero estas formulaciones, pensaba Aricó, encerraban una serie de incomprensiones, una de las cuales era su visión excesivamente iluminista de la constitución de los sujetos políticos. Esta concepción aparecía asociada a un “pedagogismo abstracto” profundamente desconfiado de las formas inorgánicas de acción de las masas, rasgo que le habría valido un progresivo aislamiento del “movimiento democrático y obrero”.

Si bien Aricó admitía la necesidad de reintroducir el pensamiento del líder socialista en la coyuntura política y sociocultural, fueron en cambio algunas aproximaciones posteriores inspiradas en su trabajo las que fueron dando a la figura intelectual de Justo el carácter de una “racionalidad situada”. Aunque buena parte de esta producción no abandonó una perspectiva altamente confiada en el peso de las ideas en la dinámica histórica, sus hallazgos tendieron a inscribir los postulados de Justo en las experiencias políticas y en los contactos humanos y materiales que zanjaron su trayectoria pública. En tal sentido, la investigación llevada a cabo por Horacio Tarcus fue particularmente exitosa a la hora de colocar la recepción justista de las ideas de Marx en una densa red político-intelectual tramada en torno a una serie prácticas culturales como la traducción y la edición de materiales impresos, y ritmada al calor de los debates al interior de las filas del naciente Partido Socialista.[6] En su trabajo, por otra parte, analizó ciertos aspectos de las trayectorias intelectuales de dirigentes destacados del socialismo, no sólo de José Ingenieros (quien ya había recibido la atención de Oscar Terán y Ricardo Falcón), sino también de Enrique Del Valle Iberlucea y Alfredo Palacios, en una dirección que han profundizado trabajos más recientes, como veremos a continuación.

En efecto, durante la última década un número mayor de investigaciones permitieron profundizar líneas de análisis trazadas con anterioridad, mientras que nuevos interrogantes aparecieron en el horizonte de indagación académica. Los trabajos que componen este dossier permiten acercarse a las vetas más significativas de esta producción. La selección se abre con el trabajo de Ricardo Martínez Mazzola sobre el papel de la prensa periódica en la formación del socialismo argentino entre 1890 y 1912. Su texto traza las principales coordenadas de un sistema de periódicos que se volvió más complejo y jerarquizado en función de las opciones y estrategias políticas de los grupos que componían el movimiento socialista, y conforme fue avanzando el proceso de estructuración partidaria. Atento al rol organizativo de los periódicos, que les confería un doble papel de escenario y objeto de las disputas al interior del movimiento, repuso las estrategias políticas defendidas por los redactores de El Obrero, El Socialista, La Vanguardia y Revista Socialista Internacional, analizó las transformaciones en sus modalidades de interpelación, y puso en relación los conflictos internos con los debates que se producían en el movimiento socialista internacional.

Aunque con una perspectiva diferente, el trabajo de mi autoría continúa con este acercamiento a los periódicos socialistas ya no sólo como una mera fuente de información, sino como objeto de análisis por derecho propio, capaz de ofrecer una perspectiva rica en matices sobre la experiencia político-cultural del socialismo argentino. Profundizando en el análisis de La Vanguardia en su primera etapa como semanario, mi trabajo señala el peso que fue ganando en el discurso del órgano partidario la voluntad por captar la atención de aquellos miembros de los sectores mayoritarios de la sociedad que tenían un contacto cada vez más fluido y cotidiano con la palabra impresa, pero que se mantenían todavía ajenos a las ideas socialistas. En este sentido, la creciente presencia de “lo popular” en las páginas de La Vanguardia aparece explicada en función del posicionamiento del socialismo respecto al proceso de democratización de la lectura, que en los años del cambio de siglo se ligaba a la difusión de la literatura criollista y al éxito de la denominada “prensa burguesa” en captar y dar forma a un público crecientemente masivo.

Una dimensión atendida en los últimos años ha sido el rol de las conmemoraciones y los usos del pasado en la construcción de una identidad socialista que se recorta respecto al proceso de consolidación de la identidad nacional. En esta dirección apunta el trabajo de Sofía Seras dedicado al análisis de las distintas formas de evocación histórica presentes en el Almanaque socialista de La Vanguardia durante la primera década del siglo XX. Su autora hace dialogar las dimensiones políticas y estéticas que esta publicación –desatendida hasta entonces por la historiografía– ponía en juego a la hora de recordar acontecimientos del pasado. Si la producción académica de los años ochenta y noventa había delineado la imagen de un socialismo capaz de armonizar con aspectos centrales de la identidad nacional en construcción (confrontando así con la crítica nacional-populista de las décadas anteriores), las evidencias que ofrece su artículo sobre el peso del internacionalismo obrero en las referencias al pasado permiten matizar aquella argumentación.

El artículo de Javier Guiamet, por su parte, aborda los usos del pasado del socialismo para un período posterior, al colocar su atención en la participación del partido en los homenajes realizados en los años treinta a Sarmiento y Alberdi, con motivo de cumplirse cincuenta años de su muerte. Pero no es tanto la tensión entre la identidad socialista y la identidad nacional la que organiza sus argumentos, sino una contraposición entre las intenciones pedagógicas y civilizadoras de las principales empresas de sociabilidad cultural del partido y la presión que ejercía sobre ellas la consolidación en ese período de una poderosa cultura comercial de masas vinculada al ocio. En este sentido, su análisis de las prácticas conmemorativas da cuenta de una convivencia mucho menos conflictiva de lo que cabría suponer entre la solemnidad que conllevaba la reivindicación del aporte de la Generación del ’37 a la conformación de una cultura nacional, y las intenciones lúdicas y de entretenimiento que podían observarse en el resto de las actividades que formaban parte del programa de los homenajes, como los números cómicos y la proyección de films producidos por las grandes compañías de Hollywood.

Enmarcado en una similar preocupación en torno a los cruces entre sociabilidad cultural y política, el trabajo de Andrés Bisso incorpora a la ecuación la problematización que los socialistas hicieron respecto a la infancia. Su investigación registra las posturas de Ángel Giménez sobre el avance que experimentó el scoutismo entre niños y jóvenes a comienzos de los años veinte gracias al apoyo estatal brindado por el gobierno de Yrigoyen y al impulso que le daba la creciente presencia social del catolicismo. El autor sostiene que el avance del scoutismo significó una experiencia incómoda para los socialistas. Si, por un lado, se lo impugnaba por estimular un espíritu “burgués, religioso y patriotero”, contraponiéndolo al carácter alegre, sano y democrático de ciertas prácticas extendidas de la cultura popular como el fútbol; por otro lado, no dejaba de existir una tentación latente por el modelo del scoutismo, que reconocía en él un laboratorio en el cual desarrollar una educación paraescolar con acento en la instrucción cívica y moral.

Una tesitura muy diferente es la que adopta Francisco Reyes en su trabajo sobre la construcción de una identidad socialista militante. Allí repasa las memorias políticas de los más destacados dirigentes del partido, centrándose en el momento que ellos consideraban más importante de su trayectoria vital, esto es, su conversión al socialismo. El análisis del modo en que Juan B. Justo, Nicolás Repetto y Enrique Dickmann contestaron a la pregunta “¿Por qué me hice socialista?” le permite acercarse a un aspecto clave del proceso de subjetivación política. Colocado en el contexto de transformaciones de la cultura socialista a nivel internacional (este ejercicio de memoria era una constante entre las principales figuras del socialismo en Europa y Estados Unidos), su trabajo sostiene que los distintos motivos esgrimidos por los dirigentes argentinos para explicar su conversión pasaron a formar parte de una memoria compartida –pero elaborada “desde arriba”– clave en la configuración de la cultura política socialista local.

Dentro del terreno de la historia intelectual, han sido varias las novedades. La más importante de ellas ha sido el descentramiento de la figura de Juan B. Justo como objeto casi excluyente de análisis. Todos los trabajos que componen el dossier y que se preguntan por el rol de los intelectuales socialistas comparten este rasgo, aun cuando sus estilos de aproximación no siempre sean coincidentes. El artículo de Osvaldo Graciano dedicado al análisis de las trayectorias universitarias de Alfredo Palacios, Enrique Del Valle Iberlucea y Enrique Mouchet, se preocupa por interpretar el despliegue de sus actividades científico-académicas en función de dimensiones biográficas (origen social, expectativas familiares y perfiles de formación profesional), como así también, de las características específicas de la cultura universitaria de aquellos años, y del vínculo que establecieron entre la práctica académica y la actividad partidaria. En relación con este último punto, el autor sostiene que los itinerarios intelectuales de Palacios, Del Valle y Mouchet asumieron los rasgos de una práctica científica crecientemente profesionalizada, sin que esto excluyera una positiva articulación con la intervención en la vida pública en función de una concepción de la labor política que se concebía como corolario del método científico.

El artículo de Marina Becerra, en tanto, aborda la figura de Enrique Del Valle Iberlucea centrando su atención en las relaciones entre ciudadanía y género contenidas en sus propuestas educativas. En el marco del análisis de las proyectos pedagógicos del socialismo argentino, tensionadas por la necesidad de construcción de una identidad que fuera socialista y nacional a la vez, destaca la originalidad de las concepciones de este importante dirigente partidario, que se diferenciaban de las formulaciones más racionalistas características del entorno de Juan B. Justo por la importancia que daba al plano de lo afectivo y simbólico. Desde este prisma, destaca la autora, avanzó en una desnaturalización de los estereotipos de género en la educación. Mediante una visión que complejizaba la visión universal del proceso de construcción de ciudadanía, Del Valle se transformó –aun sin trascender los límites del maternalismo hegemónico– en una de las voces más avanzadas en materia de luchas por la ampliación de los derechos femeninos.

Una línea menos explorada ha sido la vinculación del socialismo con el mundo de los escritores, la bohemia artística y el proceso de profesionalización de las letras.[7] En este sentido, el trabajo de Horacio Tarcus que compone este dossier acerca de los vínculos entre el modernismo y el socialismo fin-de-siècle constituye un aporte importante.[8] En su seguimiento de las “vidas paralelas” de Leopoldo Lugones y José Ingenieros en la década de 1890 –con la guía que ofrece la correspondencia del fondo documental de Ingenieros abierto a la consulta por el CeDinCI en el 2011–, aborda episodios poco explorados de su militancia política como parte del ala “romántico-revolucionaria” del recién fundado Partido Socialista, sus vínculos con Rubén Darío y los principales trazos de la red político-intelectual establecida entre grupos socialistas y revistas modernistas de Argentina, Chile y Uruguay. Uno de los hallazgos de su trabajo reside en la importancia concedida a la singular experiencia de La Syringa, cenáculo bohemio inscripto en la sensibilidad modernista proclive a las fórmulas mágicas de la teosofía en boga.

Es justamente esta coincidencia entre la fe en la ciencia positiva y el esoterismo, presente en algunos miembros prominentes del socialismo de fin de siglo, lo que constituye el tema central del artículo de Dora Barrancos, que cierra este dossier. Allí, la autora traza una mirada diferente y complementaria de sus propios acercamientos publicados con anterioridad respecto al vínculo entre socialismo y cultura científica. Registra, en tal sentido, el paso de Ingenieros, Lugones y Palacios por la teosofía, analizando como parte de un mismo movimiento (que sostenía posturas evolucionistas y se batía contra los dogmas eclesiásticos) los pliegues y solapamientos producidos entre su voluntad por construir una “escena iluminada” y su adhesión al ocultismo. Sostiene, finalmente, que el propio vértigo de la modernidad pudo llevar a estos espíritus laicos a refugiarse en una doctrina que reunía la fe en la trascendencia junto con el crédito en la ciencia.

Textos seleccionados para el dossier

 

NOTAS
1.  Ángel M. Giménez, “Treinta años de acción cultural del Partido Socialista”, La Vanguardia, 28 de junio de 1926, p. 19.
2.  Roth, Guenther (1963). The Social Democrats in Imperial Germany. A study in Working Class-Isolation and National Integration. New Jersey: The Bedminister Press.
3.  Camarero, Hernán y Herrera, Carlos M. (2005). El Partido Socialista en Argentina: nudos históricos y perspectivas historiográficas. En El Partido Socialista en Argentina. Sociedad, política e ideas a través de un siglo (pp. 9-73). Buenos Aires: Prometeo.
4.  Barrancos, Dora (1991). Educación, cultura y trabajadores (1890-1930), Buenos Aires: CEAL; Barrancos, Dora (1996). La escena iluminada. Ciencias para trabajadores, 1890-1930, Buenos Aires: Plus Ultra; Romero, Luis A. y Gutiérrez, Leandro (2007). Sectores populares, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra, Buenos Aires: Siglo XXI.
5.  Aricó, José (1999). La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América Latina, Buenos Aires: Sudamericana.
6.  Tarcus, Horacio (2007). Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Buenos Aires: Siglo XXI.
7.  Es cierto, de todas maneras, que el lugar de la literatura en revistas culturales cercanas al socialismo, como Los Pensadores y Claridad, ha recibido una sostenida atención. Además, Federico Martocci realizó un interesante trabajo sobre el itinerario en los años de entreguerras de Salomón Wapnir, crítico literario y militante del Partido Socialista en el Territorio Nacional de La Pampa. Con todo, los cruces entre socialismo y literatura continúan en buena medida inexplorados a diferencia, por ejemplo, del caso español, como lo evidencia lo poco que se sabe sobre la articulación entre política y letras en figuras partidarias como Roberto Giusti, Mario Bravo y Guido Cartei.
8.  También debe mencionarse la investigación que le dedicó Laura Ehrlich al vínculo incómodo que sostuvo Manuel Ugarte con el Partido Socialista a comienzos del siglo XX.