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El interescuelas: debates y propuestas

Hernán Camarero (UBA)

Las Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, que se vienen realizando desde hace más de veinte años en once encuentros, constituyen, en varios sentidos, la más importante y reconocida reunión historiográfica de la Argentina. En primer lugar, por su escala y masividad. No puede representar sino un hecho muy auspicioso que un congreso de historiadoras e historiadores se expanda en el número de sus participantes del modo en que lo hizo este evento. Iniciándose, hacia fines de la década del ochenta, con un puñado de mesas temáticas y simposios, que albergaban a no más de un centenar de expositores, fue experimentando un crecimiento exponencial, hasta llegar, en sus últimas expresiones, a superar el centenar de mesas y el millar de ponentes, sumados a otra enorme cantidad de coordinadores de mesas, panelistas, relatores o comentaristas y asistentes, pertenecientes, muchos de estos últimos, al ámbito estudiantil. En este sentido, las Jornadas operan como una suerte de corroboración del nivel de desarrollo y consolidación que, al menos en términos cuantitativos, logró el campo de la historiografía académica de nuestro país en los tiempos recientes.

Existe otra dimensión relevante a señalar respecto al “Interescuelas”: el nivel de representatividad nacional y federal que alcanzó. Quizás como en ningún otro acontecimiento académico en el sector, es posible encontrar aquí, de manera cada vez más destacada, la posibilidad de que se hallen representadas todas las producciones, escuelas o corrientes historiográficas existentes en la Argentina, presentándose como una paleta en donde se dejan traslucir las diferentes coloraciones regionales, provinciales y locales. De este modo, terminó por erigirse en un lugar extraordinariamente propicio para el conocimiento, la socialización, el intercambio e, incluso, la constitución de nuevas redes de trabajo e investigación, entre colegas de puntos muy distintos y, a veces, distantes y/o desconectados entre sí, del país.

Es notable cómo esta reunión no sólo mantuvo sino que incluso siguió ampliando su nivel de convocatoria, a pesar de que en los últimos diez o quince años se fueron conformando y consolidando múltiples jornadas o congresos (de historia económica, social, política, de los intelectuales y del mundo de las ideas, de los trabajadores, de las clases dominantes, de las izquierdas, de las derechas, del peronismo, del Estado y las políticas públicas, de las mujeres, de genero, de la Iglesia, de las diferentes regiones del país, de América latina, de las épocas antigua, medieval, moderna y contemporánea, de metodología e historiografía, entre muchos otros), que podrían haberle hecho mermar dicho poder de convocatoria e influencia, y que sin embargo, no lo hicieron. El “Interescuelas” sigue siendo percibido como un lugar de enorme significación política y simbólica para la comunidad historiográfica: esa es la razón por la cual no existe mucho margen para estar fuera de él (mucho menos, en contra). Y cuando pareció que comenzó a irradiarse en ciertos sectores una especie de abandono del mismo (¿Salta 2001?), su dinámica de consolidación y extensión no hizo más que ayudar a regresar a muchos de ellos.

Asimismo, la heterogeneidad y diversidad temática, metodológica, teórica, ideológica y también disciplinaria (dada la participación creciente de sociólogos, politólogos o antropólogos), puestos de manifiesto en los sucesivos encuentros, les ha conferido a éstos una riqueza única de perspectivas, contenidos y formas. Ello también se ha enriquecido con el aporte de especialistas llegados de otros países. La apertura y despliegue hacia nuevos tópicos y miradas encontró en muchas de sus mesas y simposios un punto de apoyo inestimable. Puede decirse que “el Interescuelas”, en esencia, es un hecho polifacético y plural. Por ello, nadie debe sentirse excluido y sobre nadie debe ejercerse impugnación u hostigamiento alguno, pues significaría una mutilación torpe e innecesaria al carácter democrático del evento.

Precisamente, el carácter más específico del “Interescuelas” entre las grandes deliberaciones historiográficas del país, es su orientación democrática, horizontalista y “plebeya”, que parece siempre amenazada de perderse pero que nunca alcanza a concretarse. Sería exagerado argumentar que aquí no intervienen dispositivos, manifiestos o más solapados, destinados a preservar o reproducir ciertas jerarquías y situaciones de poder. Pero éstos se hallan fuertemente complementados o matizados por una realidad no del todo frecuente en el campo. Lo notable es el modo en que en una misma mesa se puede mezclar la intervención de un profesional más experimentado o consagrado en la escala académica con la de graduados que recién inician sus itinerarios en la docencia y la investigación, e, incluso, con no pocos estudiantes avanzados que ya tienen algunas buenas líneas de trabajo para tesinas o estudios monográficos y descubren aquí una oportunidad propicia para su formación. El intercambio acaba siendo productivo para todas las generaciones y camadas.

Ni esta última caracterización, ni las anteriores, pretenden enunciarse desde una posición ingenua, que niegue las dificultades y tensiones que las experiencias de las Jornadas Interescuelas vienen demostrando. La masividad, la heterogeneidad, la diversidad, la amplitud y el carácter democrático del congreso, que viene propiciando la participación de miles de profesores, graduados y estudiantes de todo el país, no puede ocultar la creciente sensación de que la dinámica de éste se ha vuelto algo caótica y desbordada. En mi perspectiva, eso no sólo no me inquieta, sino que, incluso, lo veo como una suerte de precondición para el despliegue de una historia crítica, creativa, insumisa, imaginativa y superadora de situaciones y conciencias adormecidas, anquilosadas o conformistas. Eso no puede eludir la búsqueda de responsabilidades y la adopción de criterios y actitudes de coherencia, seriedad en los métodos y fines, y sólido compromiso por parte de todos los involucrados en el encuentro.

El desafío, claro está, es intentar mantener la máxima rigurosidad y calidad en las exposiciones y comentarios. Es inevitable advertir una aparente contradicción entre esta exigencia y el alto número de participantes. Sin embargo, esto no debe generar una excesiva preocupación: antes que defecto, nunca hay que dejar de considerar como un rotundo éxito y una virtud la existencia de una reunión tan multitudinaria como ésta. La simple condición a establecer, como reaseguro para que las Jornadas no sean afectadas en su nivel y profundidad, es trabajar de modo más preciso y sistemático sobre los criterios de selección de las mesas y los trabajos. En función de romper guetos o capillas que diseñen mesas con pautas muy endogámicas, podría fijarse que el número de coordinadores responsables de mesas pase de dos a tres o cuatro, siempre pertenecientes a distintas unidades académicas. Debería reafirmarse el principio de que sólo se puede ser ponente de un solo trabajo y en una sola mesa (con el mismo criterio para los coordinadores), junto a la posibilidad de aparecer en otra ponencia de carácter colectivo (práctica que exige ser fomentada y no obstaculizada). Podría reformularse el número mínimo y máximo de participantes de una mesa: 14 y 22, pues eso alentaría aún más la fusión de las mesas y posibilitaría administrar mejor los espacios y días de sesión. Si una mesa excede el número de ponencias, debería conversarse entre los coordinadores y los organizadores el modo en que algunas de ellas puedan ser redistribuidas hacia otras mesas. La selección y evaluación de los trabajos tendrían que regirse por principios comunes a todas las mesas: relevancia y originalidad en el asunto tratado y en el abordaje; uso de fuentes novedosas; claridad argumentativa y expositiva. Tampoco deberían admitirse las ponencias ya presentadas (sin cambios o con alteraciones sólo cosméticas) en otros congresos. Es innegable que en no pocas ocasiones estos requisitos no han sido alcanzados. Hay que apelar a un compromiso y decisión colectivos para procurar mantenerlos o recuperarlos.

El otro desafío es el de hacer más permanente y orgánico al organismo encargado de diseñar, preparar y llevar a cabo las medidas de organización del “Interescuelas”. Quizás, ya no alcance con algunas reuniones periódicas de los directores de Departamentos y Escuelas de Historia y sea necesario contar con personal, recursos y criterios dotados de la continuidad y regularidad que posee un organismo. Creo que sería muy útil la existencia de una página web, en donde consten balances e informaciones acerca de las jornadas ya efectuadas y la siguiente a realizarse. Para ello, hay que recurrir a gestiones imaginativas y persuasivas para lograr el financiamiento público del evento, evitando la intromisión de subsidios privados que puedan desnaturalizar su carácter. Asimismo, debe incentivarse la rotación y alternancia de las sedes, pero tomando el recaudo de que los lugares escogidos posean la adecuada infraestructura edilicia para encararlo. Es imposible no señalar, en este sentido, la preocupación existente en muchos por los problemas suscitados con nuestra próxima cita de octubre en Bariloche, en la que acaba anunciarse que se ha eliminado un día entero de sesión por falta de sitios.

También, podría retomarse la idea de hacer el evento en otras regiones de América Latina, para incentivar una experiencia de intercambio y colaboración con las producciones historiográficas de países vecinos como Uruguay, Chile, Bolivia, Paraguay o Brasil. Sin duda, esta situación afrontaría las dificultades originadas en los costos económicos y las cuestiones logísticas. Pero entiendo que sería una posibilidad sumamente enriquecedora. Ya existió un antecedente valioso, que fueron las V Jornadas, desarrolladas en 1995 en Montevideo, y transformadas, así, en I Jornadas Rioplatenses Universitarias de Historia, cuya masividad y éxito no se vieron mayormente afectados por su impronta extranacional, logrando ganar una mayor perspectiva temática y metodológica por la participación de muchos colegas uruguayos, brasileños y de otros países. Creo que debe explorarse seriamente la continuación de esta alternativa. En términos generales, creo que la mayor vinculación con investigadores, escuelas, asociaciones e instituciones del exterior es un desafío a encarar para el futuro. Muchas de las mesas, de las ponencias y de las investigaciones en curso desbordan naturalmente el ámbito nacional. Por ello, el aporte que podría significar la relación concreta y directa con expresiones de la actual producción historiográfica internacional es inmenso.