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Cuando el tamaño importa

Acha, Omar (UBA)

Evento cardinal del campo universitario de la Historia en la Argentina, las Jornadas Interescuelas exponen las reales tendencias historiográficas de todo el país. Es decir, no definen su proa, sino lo que efectivamente se investiga. En eso reside su lugar simbólico e institucional. Tanto es así que el alejamiento de sus reuniones por parte de un sector del profesorado no melló su convocatoria ni su representatividad. Por el contrario, con las oscilaciones derivadas de las coyunturas financieras y los naturales obstáculos impuestos a veces por las largas distancias de algunas de sus sedes, la curva de su crecimiento no ha alcanzado su tope. Es probable que, de todas maneras, haya comenzado un proceso de estabilización; en cambio, no se observan signos de declinación. “¿Vas al Interescuelas?” , sigue siendo una pregunta de rigor en los ámbitos historiográficos de las universidades nacionales.
Interescuelas tiene la particularidad de presentar un cariz federal y facilitar encuentros de otro modo inesperados. Mientras en diferentes modalidades de reuniones de la profesión historiadora las lógicas de funcionamiento y conocimiento son previsibles, con las Interescuelas jamás se sabe qué puede suceder. Y eso suele despertar alguna ansiedad. Las razones son varias. Aquí sólo podemos enfatizar las más significativas.
Las Interescuelas están especialmente orientadas a recoger la producción en curso de estudiantes-investigadores y graduados recientes. Para sintetizar, su target principal concierne a una franja etaria que va, grosso modo, de los 22 a los 35 años. Debido a dinámicas del campo historiográfico, después de esa franja (coincidente, nuevamente grosso modo, con la terminación de la carrera de grado y la obtención del doctorado), la presentación de ponencias se realiza sobre todo en congresos especializados, más reducidos y selectos, con un promedio de ochenta papers, o incluso en reuniones de uno o dos días con un total de trabajos presentados que no suele superar los veinticinco. Un caso intermedio es el de las voluminosas Jornadas de Historia Económica, aunque claramente menores que las multitudinarias Interescuelas.
Antes de avanzar en la problematización de las Interescuelas debe ser dicho que varios de sus rasgos no son exclusivos. Por ejemplo, en el gremio filosófico hallamos su equivalente en el congreso de la Asociación Filosófica de la República Argentina (AFRA); “el AFRA” es también una reunión inmensa, con virtudes y bemoles similares al caso de su equivalente historiográfico. En sociología sucede algo comparable, aunque también con características específicas.
La impronta federal de las Interescuelas es la base de su importancia para los y las jóvenes historiadores del Interior del país, y bien pensado también lo es para los núcleos litorales de hegemonía institucional e historiográfica. Es importante no olvidar este aspecto y juzgar el contorno de las Jornadas desde un punto de vista excesivamente porteñocéntrico. En este andarivel, quiero subrayar que la masividad del congreso deriva principalmente de su naturaleza federal. Por lo tanto, al poner en suspenso el tema de su dimensión es necesario dar cuenta de su interconexión con el carácter nacional de dicha reunión. Forzosamente, un evento dirigido al sector más numeroso de la comunidad historiadora y de cobertura nacional es cuantioso, exuberante y en alguna medida indisciplinado. Pero sería unilateral evaluar estos rasgos como sólo negativos. Por ejemplo, el aporte a la integración y comunicación de la profesión es importante y podemos augurar que lo será cada vez más. Nos provee la ilusión de que la disciplina no está destinada a su reproducción más o menos pacífica.
Las Jornadas constituyen una vía de democratización del ingreso en el trabajo académico. En primer lugar porque no es necesaria ninguna recomendación o titulación para que un trabajo sea aceptado y expuesto. El umbral de evaluación de las personas encargadas de la coordinación ejerce, naturalmente, una selección; pero en principio es innecesario disponer de un capital institucional que avale la oportunidad de presentar un paper. Para la inmensa mayoría, la de Interescuelas suele ser la primera ponencia de su vida profesional. La ausencia de esta instancia implicaría, para muchos, el cierre de un espacio de inserción académica. Sobre todo, eso sucede para quienes están fuera de los circuitos establecidos.
Por otra parte, la circulación nacional de investigadoras e investigadores favorece el incremento de los estándares de la producción; es la contratendencia de la posibilidad rupturista. No es raro que en una mesa temática se encuentren el bisoño investigador, aún estudiante, con la consagrada profesora, sea que esta participé en calidad de ponente o de comentarista. En cualquier caso, la sinergia es doblemente productiva. Para el estudiante porque puede confrontar su inicio de búsqueda con un trabajo o un punto de vista más experimentado (que puede incluir al público oyente o a las conversaciones posteriores en el pasillo); para la profesora porque se entera de las preguntas pertinentes en una cierta región del país para la nueva hornada estudiantil y puede aportar, en el mejor de los casos, una perspectiva enriquecedora al investigador en florecimiento.
Los contactos nacidos o fortalecidos por las Interescuelas son fundamentales para la edificación de una comunidad nacional de investigación. Esto es funcional al conocimiento recíproco de intereses temáticos, de disponibilidad de fuentes, y de novedades teóricas. Varias redes de investigación, más o menos formalizadas, han nacido y prosperado gracias a la matriz federal y a los hallazgos sólo posibles dentro de un congreso con los atributos de las Interescuelas. En este sentido, la dimensión del acontecimiento académico, del que se derivan algunas de sus dificultades, es insoluble. Su extinción sería un hecho lamentable. La alternativa consiste en debatir sobre las vías de una reforma de su performance. Su reforma debe ser una tarea encarada por toda la comunidad historiográfica.
Si es cierto que nos acercamos a un borde límite de su expansividad (derivado de la relativa estabilidad de las instituciones universitarias de historia y de sus matrículas), un número oscilante alrededor de las mil ochocientas ponencias, para todo el país, no parece una cifra inmanejable. Distribuidas en un número de 120 mesas con un máximo de 16 trabajos en cada una, dichas mesas se podrían desarrollar en un máximo de cuatro sesiones, es decir, dos jornadas. Dada la oferta de ponencias, la estipulación del tope de dieciséis impondría inexorablemente un criterio de selección. En ese punto, es inexorable aceptar que siempre habrá un umbral de fricción con los remitentes del lugar 17 de adelante; es un costo que no se puede evitar pagar.
He aquí las dos principales reformas que me parecen adecuadas para mejorar su funcionamiento:
-El financiamiento nacional de las Jornadas. La comunidad historiográfica debería comprometer al estado, a través de las universidades, al efectivo sostenimiento de las Jornadas. La escasez de recursos suele ser una inhibición para el compromiso de los departamentos de Historia para asumir la realización del evento. Se podría lograr el subsidio, al menos parcial, de la concurrencia de quienes carezcan de amparo institucional (programas de investigación o apoyo económico de los respectivos departamentos de historia) para presentar sus trabajos. La “ayuda” material es habitual en los congresos internacionales. El uso más módico al respecto es la exención del pago de inscripción. La disponibilidad de recursos debería ser distribuida entre las mesas. Por ejemplo, cada una podría disponer del financiamiento del viaje de dos ponentes. De este modo se facilitaría la concurrencia, sobre todo, de las zonas más distantes y menos habituadas al intercambio académico.
-Una más rigurosa selección en la relevancia y calidad de las ponencias presentadas, acompañada por el diseño de un efectivo trabajo en el comentario y el intercambio posterior. Es necesario neutralizar la dinámica de presentación y salida de las mesas (lamentable espectáculo es la escena del ponente que llega justo para su presentación y abandona el espacio inmediatamente después). El mayor vaciamiento de las Interescuelas se produce en esta zona de neutralización del debate y la crítica. La inclusión de comentaristas debe ser obligatoria, y debe contemplarse un lapso razonable para la discusión.
Otros temas son, en mi opinión, menores. Los tira-y-afloje de las negociaciones entre los departamentos respecto de la selección de sede o la aceptación de mesas, las pullas hacia algunas figuras profesorales, las dificultades de la ubicación en hoteles o el acuerdo entre estudiantes para hallar un espacio cubierto para pernoctar en bolsas de dormir, la accesibilidad del lugar de reunión, son todos problemas que exigen soluciones, pero no son determinantes. Son, diría, parte del folklore de las Interescuelas.
Es incierto si las Interescuelas proveerían de risueñas anécdotas para un nuevo libro de David Lodge sobre las desventuras de la vida académica. Lo seguro es la importancia que las Jornadas revisten para la democratización, renovación y fortalecimiento del campo historiográfico nacional. Creo que es la manifestación más intelectual y vibrante de nuestra profesión, donde la sal de la vida revela su fuerza incontenible.