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Actores, instituciones, saberes y prácticas médicas en el Río de la Plata, siglo XIX

 

Mariano Di Pasquale ( Instituto de Estudios Históricos-UNTREF/CONICET)

 

En el caso argentino, los primeros estudios sobre medicina que se centraron en el siglo XIX son los de Eliseo Cantón y, posteriormente, los de José Luis Molinari y Guillermo Furlong. [1] Estas producciones constituyen referencias importantes para quienes comienzan a trabajar estos temas en la escena local y, muchas veces, aún hoy se recurre a ellos para cotejar ciertos datos de base que hacen a la historia de la medicina en Argentina. No obstante, existen pasajes que poseen registros subjetivos y tendenciosos los cuales derivan de las adscripciones a las tendencias liberal y revisionista presentes en la primera parte del siglo XX. En el tratamiento de Cantón, la época rivadaviana reflejaría un momento de “primavera científica”, mientras que la etapa colonial y rosista resultan ciclos de penumbra y atraso científico. Molinari y Furlong, más tarde, invertirían la ecuación.

Desligados de estas corrientes historiográficas y con una mirada más cercana a enfoques interdisciplinarios podemos indicar algunos ejemplos de transición como los trabajos de César García Belsunce, Alfredo Kohn Longarica y José Babini. [2] Como se aprecia, las producciones son bastante escasas y, en estas primeras indagaciones, se combinaba el enfoque internalista y externalista de la ciencia en los estudios históricos de la medicina.

Recién a finales de la década de 1980 y comienzos de la siguiente, aparecen investigaciones que evidencian enfoques más renovados como se puede observar en los trabajos de Marcelo Monserrat y de Miguel de Azúa. [3] En esta línea, una obra clave que abre el estudio de la medicina relacionándola con otros problemas y áreas de análisis es Los liberales reformistas de Eduardo Zimmermann. Aquí, el autor articula la temática médica y la organización estatal partiendo del carácter de las políticas implementadas en la salud pública en el período de la “generación del ‘80”. En ese contexto, examina cómo se vincula la medicina con el fenómeno de la inmigración y el desarrollo de la criminología en el caso anarquista. [4]

En la actualidad, convergen distintas tendencias que se cristalizaron en múltiples estudios. Por un lado, son indispensables las contribuciones de María Silvia Di Liscia y Ricardo González Leandri que incorporan una dimensión política, cultural y socio-profesional en torno a la cuestión médica. [5] Estos autores, en general, indagan sobre la conformación del campo médico relacionándolo con determinados problemas sociales y con la consolidación del Estado-nacional entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Desde una mirada histórica que incorpora una sociología de las profesiones, analizan el rol de los médicos y sus prácticas profesionales en cuanto a la institucionalización de saberes de gobierno, problemática que se observa a partir de la consolidación del llamado higienismo en personajes como Eduardo Wilde, Ramos Mejía y José Ingenieros, entre otros.

En diálogo con los anteriores abordajes, cabe señalar la emergencia de la historia de las enfermedades y de la salud, campo de estudios relativamente reciente, más bien anclado en la historia social, que ha cobrado creciente vitalidad y autonomía en los últimos años. En esta línea se destacan los trabajos de Adriana Álvarez, Adrián Carbonetti y Diego Armus, entre otros, que buscan indagar las percepciones y las representaciones de los médicos sobre las distintas enfermedades así como también la repercusión de éstas en la dinámica social y cultural. [6]

Desde estas perspectivas se produjeron numerosos e importantes aportes relativos a los estudios de la medicina que evidencian la existencia de un campo de estudio vigoroso e interdisciplinario. Este dossier sólo es una muestra de los múltiples resultados obtenidos a la vez que de los problemas que aún quedan por profundizar.

El artículo de María Silvia Di Liscia –que abre este compendio– estudia la presencia que tuvo el método curativo de Le Roy ampliamente difundido en el espacio rioplantense hasta mediados del siglo XIX. La autora indica que la medicina curativa que proponía Le Roy no debe entenderse como una medicina popular, sino como una medicina alternativa que buscó su legitimación a partir de disputar ciertos argumentos con la medicina legal. Este método intentó construir su espacio fijando los defectos que a su juicio tenían las prácticas científicas de la época con una minuciosa formulación teórica, órganos de difusión literarios y periodísticos y un núcleo importante de adeptos y convencidos.

La idea de que la medicina legal constituía un área de estudio laxa y poco precisa en la práctica profesional (por lo que no era extraño encontrar otras propuestas curativas que entraron en competencia e intentaron disputar un lugar) también es retomada, desde otro registro, por el trabajo de Mariano Di Pasquale. En esta perspectiva, el autor analiza la presencia de ideas filosóficas, derivadas de la Idéologie y el sensualismo francés, y su impacto en la formación de los médicos locales a través de las lecciones que impartía Diego Alcorta en la Universidad de Buenos Aires entre 1828 y 1842. La preocupación de los filósofos de la Idéologie (en especial, George Pierre Cabanis) en destacar una preponderancia de los sentidos y la sensibilidad en las capacidades humanas se articuló fuertemente con la tesis del vitalismo, surgida de la llamada École de Montpellier y cuyo principal difusor fue el médico Xavier Bichat. En particular aquella noción que hacía referencia a la irreductibilidad de los procesos vitales al estudio de los mecanismos físicos o químicos y que no podía ser objeto de experimentación. De estos postulados surge la interacción de lo físico y lo moral y, en particular, el encuentro entre la Ideología y el vitalismo. En tal sentido, el autor demuestra que Diego Alcorta siguiendo estas lecturas encarnaría para el caso local -con sus variaciones y readaptaciones- un cruce entre estos saberes que se nutrían en simultáneo. Con lo expuesto, el artículo busca en definitiva introducir el problema de la delimitación de lo disciplinar.

En esta misma dirección, Irina Podgorny recorre la trayectoria del médico Francisco Javier Muñiz a través de sus escritos para explorar algunas dimensiones que marcaron la aparición de la paleontología de vertebrados. Es destacable la reconstrucción que realiza la autora entre los momentos más singulares de la vida de Muñiz sin perder de vista cómo éstos se insertaron en el cambiante contexto histórico. Podgorny centra su análisis en la etapa que hace al nombramiento de Muñiz como Médico de Policía en Villa de Luján a partir de 1828 y que durará veinte años. Parte del estudio de los protocolos en juego en la medicina legal de inicios del siglo XIX para luego profundizar en los trabajos médico topográficos y peritajes legales de Muñiz. De estas experiencias previas surgen las matrices de descripción de la naturaleza a las que apelaría más tarde Muñiz. La observación de los muertos y la transmisión ordenada y sistematizada en redacciones conocidas como “rapports judiciales” habrían dotado a Muñiz de una capacidad formativa que transferirá a sus estudios paleontológicos. La aparición de la paleontología en el Río de la Plata, explica la autora, resulta de la convergencia de la anatomía comparada, la cirugía y la medicina legal.

El problema de las re-significaciones locales en la circulación internacional de saberes y prácticas se evidencia también en el libro de Adriana Novoa y Alex Levine cuyo objeto de estudio radica en estudiar la recepción del darwinismo en la Argentina. Los autores reconstruyen distintos dispositivos de difusión entre los que se encuentran los intercambios epistolares entre Muñiz y Darwin, la presencia de Carlos Germán Burmeister (Director del Museo de Ciencias Naturales entre 1862 y 1892), los contactos personales a partir de personajes ligados a la comunidad británica residente en la Argentina, la prensa, revistas especializadas, libros, entre otros. Estas condiciones jugaron, según los autores, un importante rol en la rápida aceptación del pensamiento darwiniano en el ámbito local. Pero más allá de estas particularidades, los autores encuentran una explicación más estructural: la importancia otorgada a la ciencia para el progreso social y económico característica propia del positivismo de la elite argentina desde mediados del siglo XIX.

Por su parte, Ricardo González Leandri reconstruye la emergencia de una temprana trama circulatoria de saberes y actores vinculados a un ideario higiénico que resultan anteriores a lo que la historiografía médica suele situar en Buenos Aires. En general, se ha ubicado a las décadas de 1870 y 1880 como los momentos en que la higiene pasó a formar parte, de una manera mucho más importante, del imaginario social y urbano de las elites. En tal sentido, es que adquirió mayor legitimidad como herramienta de intervención gubernamental y esto se habría potenciado por el papel de instituciones como las comisiones municipales y el Consejo de Higiene, y contribuido a elevar de forma paulatina algunos conocimientos a la categoría de “saber de estado” a cargo de los médicos. No obstante, González Leandri demuestra que la irrupción del cólera y la fiebre amarilla se asentó sobre una visión previa bastante consolidada, al menos entre las personas informadas, sobre los miasmas y la higiene. Dicho ideario higiénico “civilizatorio”, instalado como una especie de sentido común social entre ciertas elites, tampoco se vio alterado de manera significativa por la introducción posterior de procedimientos bacteriológicos, que sólo ampliaron los recursos y sofisticaron los procedimientos.

El problema de la difusión de la higiene, su relación con el proceso político y la cuestión de la profesionalización de la medicina, es retomado por Adrián Carbonetti cuyo trabajo se centra en el estudio de las epidemias de cólera en las ciudades de Rosario y Córdoba para reparar en la actuación de los médicos y en el reconocimiento que generaron en la sociedad. La aspiración principal es discutir con aquellos enfoques que toman al caso porteño como modelo del proceso de modernización de la medicina como sí éste fuera un espejo que irradia similares desarrollos en las experiencias provinciales. Poniendo en cuestionamiento esta aproximación, Carbonetti demuestra que aunque en la ciudad de Córdoba comenzó un proceso similar al de las ciudades del litoral, la epidemia no repercutió en la misma medida en que lo hizo en Buenos Aires y Rosario. En Córdoba, la epidemia de cólera no resultó un elemento catalizador para el desarrollo de procesos de imposición del Estado y la medicina académica debido, especialmente, al papel que jugó la iglesia en la lucha contra la enfermedad.

El proceso de profesionalización también generó conflictos al interior de la corporación médica. En este asunto, Pablo Souza analiza el desarrollo de un nuevo espacio asociativo representado por el Círculo Médico Argentino, creado en 1875 por grupo conformado por estudiantes descontentos con el plan de estudios propuesto por la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. El principal motivo de crítica al cuerpo docente fue la falta de contemplación en los nuevos estudios de conocimientos médicos clínicos. Así, pues, a partir de 1875 el CMA se dedicó a promocionar a través de varios dispositivos una medicina anatomoclínica. Los efectos de esta crítica tuvieron un significativo alcance. Souza señala cómo la creación del Hospital de Clínicas en 1883, antiguo Hospital de Buenos Aires, con la dirección técnica de la Facultad de Medicina, guarda estrecha relación con la presencia previa del CMA en tanto grupo cuestionador del cuerpo docente y activo promotor de las cosmovisiones médicas clínicas.

Las tensiones no sólo se constatan por problemas ligados a las líneas o corrientes del conocimiento médico que habían perdido presencia en la formación de los galenos porteños. La irrupción de saberes y prácticas hasta entonces desconocidas también generaron polémicas que no pasaron desapercibidas. En este marco, el trabajo de Mauro Vallejo se centra el estudio del magnetismo y la hipnosis en pos de rastrear su impacto en la cultura científica finisecular en Buenos Aires. En particular, Vallejo presta especial atención al proceso conflictivo por el cual la medicina legal se vio interesada por estas nuevas terapias y saberes entrando en conflicto con otros competidores –espiritistas, ilusionistas, curanderos– que hacían suyo el uso, con otros fines, de estos instrumentos. El autor identifica y rastrea aquellos profesionales que se sintieron atraídos por las nuevas terapias tales como Eliseo Luque, Diógenes Decoud, Díaz de la Quintana, entre otros. Una de las contribuciones del autor es determinar las variaciones, es decir, las marchas y contramarchas, que se produjeron en este proceso de difusión.

El trabajo de Diego Armus, que cierra esta selección, estriba en indagar el descubrimiento de la enfermedad como problema social en la Argentina entre finales de siglo XIX y comienzos del siglo XX. Integrando la Colección Nueva Historia Argentina (es el último capítulo del tomo V), el texto reviste un carácter narrativo cercano a la divulgación histórica que nos parece muy útil a los fines de acercar y familiarizar a primeros lectores y a un público más amplio respecto a estas temáticas. El autor explica cómo para ese entones el discurso de la higiene pública se vio ligado a la aparición de la “cuestión social” que penetró y se extendió a los sistemas educativos, a la infancia, a la vida familiar, al deporte, al trabajo, a la alimentación, al mejoramiento del espacio urbano, a las políticas de estado. En especial, Armus estudia la epidemia de fiebre amarilla de 1871 que sacudió y transformó la vida social e institucional de Buenos Aires con enorme dramatismo. Al respecto, indica que la epidemia de 1871 se recordó en la memoria colectiva de la ciudad “como un parteaguas simbólico: la gran aldea y sus recurrentes azotes epidémicos debían quedar atrás si se quería construir una ciudad y una nación modernas” (p. 509). En este marco, el discurso sobre la higiene fue parte de un lenguaje que puso todo su énfasis en la cuestión social y por esa vía, contribuyó a que muchas corrientes de pensamiento –el liberalismo, el catolicismo social, el socialismo– reformularan o afinaran sus relaciones con el Estado y la sociedad.

A manera de cierre, deseamos resaltar un conjunto de aportes metodológicos que resultan de los trabajos aquí reunidos. Más allá de las temáticas, cronologías, espacios y problemas particulares de cada una de estas contribuciones se advierten los siguientes planteos: 1. Repensar lo disciplinar en tanto que la Medicina aún no se concibe como ciencia moderna y saber experimental sino como un saber de tipo humanístico, abierto y confluente de aportes (Podgorny, Di Pasquale) 2. Considerar que los saberes se adaptan a los contextos y que a veces éstos resultan más determinantes que las ideas mismas. El proceso de transferencias de saberes no asumió una forma pura y meramente receptiva. (Di Liscia, Podgorny, González Leandri, Novoa y Levine, Vallejo, Souza). 3. Encarar una historia de la medicina y las enfermedades en tanto práctica local. Es necesario “situar” su desarrollo a partir de revisar los contextos específicos (Carboneti, Armus). 4. El proceso de profesionalización de la medicina implicó fuertes tensiones en los procesos de validación de conocimientos que los actores involucrados llegaron a cabo, visible tanto en las instituciones como en los órganos de difusión que estos conformaron. (Di Liscia, Vallejo, Souza). 5. La existencia de una relación muy estrecha entre la medicina en formación y la política presente desde comienzos del siglo XIX y no sólo a partir de la consolidación del Estado-Nacional. Todos los trabajos seleccionados están indicando que es capital reflexionar con mayor profundidad sobre la vinculación entre el mundo del conocimiento médico y el poder en una cronología más temprana.

Referencias de los textos

NOTAS
1.  Eliseo Cantón, Historia de la medicina en el Río de la Plata, 6 Tomos, Madrid, Biblioteca de Historia Hispanoamericana, 1928; José Luis Molinari, Primeros impresos médicos bonaerenses (1780-1810), Buenos Aires, Amorrortu, 1941; Médicos argentinos durante la dominación hispánica Buenos Aires, Huarpes, 1947 y Naturalistas argentinos durante la dominación hispánica, Buenos Aires, Huarpes, 1948
2.  César García Belsunce, Buenos Aires, 1800-1830. Tomo II, Buenos Aires, Emecé, 1977; Alfredo Kohn Longarica y Abel Agüero “El contexto médico”, en Hugo Biagini (ed.), El movimiento positivista argentino, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1985, pp. 119-147 y José Babini, Historia de la ciencia en la Argentina, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1986.
3.  Marcelo Monserrat, Ciencia, historia y sociedad en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1992 y Miguel de Asúa, (comp.), La ciencia en la Argentina. Perspectivas históricas, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993.
4.  Eduardo Zimmermann, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina, 1890-1916, Buenos Aires, Sudamericana-Universidad San Andrés, 1994.
5.  María Silvia Di Liscia, Saberes, terapias y prácticas médicas en Argentina, (1750-1910), Madrid, CSIC, 2002 y Ricardo González Leandri, Curar, persuadir, gobernar. La construcción histórica de la profesión médica en Buenos Aires (1852-1886), Madrid, CSIC, 1999.
6.  Adriana Álvarez y Adrián Carbonetti, eds., Saberes y prácticas médicas en la Argentina. Un recorrido por historias de vida, Mar del Plata, Eudem, 2008; Adrián Carbonetti, “Visiones médicas acerca del cólera a mediados del siglo XIX en la Argentina”, en César Lorenzano, ed., Historias de la ciencia argentina I, Caseros, Eduntref, 2005, pp. 147-159; Diego Armus, La ciudad impura. Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires, 1870-1950, Buenos Aires, Edhasa, 2007.