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Prensa y política en la segunda mitad del siglo XIX.

Coordinado por Laura Cucchi y María José Navajas

El desarrollo de la prensa política decimonónica ha sido, sin lugar a dudas, uno de los temas privilegiados en la renovación historiográfica de las últimas décadas. En ese contexto puede advertirse que no sólo se han retomado cuestiones abordadas en obras pioneras, sino que además se han incorporado nuevos enfoques. En cuanto a lo primero, aparecen dos textos claves, ambos publicados durante la década de 1980, el artículo de Timothy Duncan “La prensa política: ‘Sud-América’, 1884-1892”, y el libro de Tulio Halperín Donghi, José Hernández y sus mundos.

Posteriormente, los trabajos de Noemí Goldman, Jorge Myers y Alberto Lettieri, dedicados a distintos momentos del siglo XIX, han ampliado los problemas considerados y se han convertido en una referencia ineludible para las investigaciones más recientes. Además, en los análisis brindados por estos historiadores, pueden observarse los ecos locales de las discusiones que, en los últimos treinta años, giraron en torno a los modos de abordaje de la historia del pensamiento y de los discursos políticos, y en los que se reconocen las elaboraciones producidas por la denominada Escuela de Cambridge, la Begriffsgeschichte alemana, y por las escuelas francesas de análisis de los discursos y vocabularios políticos. En ese marco, debe mencionarse, además, las contribuciones de Elías José Palti. Aunque sus trabajos puntuales sobre prensa no incluyen el caso argentino, han resultado muy relevantes para posteriores análisis sobre el funcionamiento político de la prensa local, sobre todo en lo que se refiere al problema de la opinión pública.

A partir de estos aportes, los trabajos más recientes, han transitado por tres ejes temáticos fundamentales. En primer lugar, las relaciones entre la prensa y la política, tanto en lo que hacía a los vínculos con el gobierno y las agrupaciones partidarias, como en el papel de las empresas periodísticas como espacio de sociabilidad y ámbito de politización. En segundo lugar, el tema de prensa y su carácter de “encarnación” de la elusiva figura de la opinión pública, que a lo largo del periodo funcionó como fuente última de legitimidad de los gobiernos. Por último, y en relación con los puntos anteriores, las regulaciones que afectaron la libertad de imprenta desde comienzos del periodo revolucionario, como modo de contener lo que se señalaba como “abusos” de esa misma libertad. Aquí aparecían incluidas tanto las injurias y calumnias a los particulares, como los eventuales cuestionamientos a la religión o al orden político.

Este último punto se encuentra en el centro de la las indagaciones de Fabio Wasserman, que aborda la expansión de la prensa en la ciudad de Buenos Aires producida en los años de 1850 tras la caída del rosismo. Su interés principal es revisar la idea establecida acerca de la existencia de una amplia y casi irrestricta libertad de imprenta que habría caracterizado a esa etapa. Con ese objetivo examina las distintas reglamentaciones vigentes (algunas heredadas de los años post-revolucionarios y otras sancionadas tras la caída del rosismo) y los debates producidos sobre ese problema durante los años en cuestión. El autor advierte la tensión existente entre la concepción de la prensa como creadora y expresión de la opinión pública, y por lo tanto, sostén fundamental del orden republicano, y el accionar efectivo de diarios y periódicos que en muchos casos amenazaban la estabilidad de ese mismo orden. De ahí la preocupación de los gobiernos porteños por sostener publicaciones afines y restringir el discurso de aquellas que pudieran ser adversas, así como por establecer límites y regular el ejercicio de la libertad de imprenta a través de nuevas normativas específicas.

Los años posteriores a Caseros son también analizados por Alicia Megías, pero en la ciudad de Rosario. Por un lado, examina la aparición de las primeras publicaciones en un escenario urbano en pleno desarrollo, considerando las medidas del gobierno nacional que promovieron el establecimiento de periódicos en varias provincias de la confederación urquicista. Por otro lado, evalúa las alternativas cambiantes que marcaron la vinculación de esas publicaciones con el poder político, especialmente luego de los cambios que generó Pavón y el triunfo del mitrismo. En este sentido, advierte cierta diversificación de los temas privilegiados por los periódicos, con el propósito de ampliar el mercado de lectores y así obtener nuevas fuentes de financiamiento distintas del gobierno y de los grupos políticos. Desde la perspectiva de la autora, tales modificaciones contribuyeron de manera significativa a la conformación de una esfera pública en la que los diarios oficiaban como herramienta de circulación de la información de interés público y también como canal de mediación entre los vecinos y el gobierno local.

Por su parte, Paula Alonso se propone analizar algunos de los debates que se plantearon entre los principales periódicos partidarios durante la década de 1880. Tales publicaciones tenían un estrecho vínculo con los distintos grupos políticos que los fundaron y sostuvieron como herramienta principal de sus disputas. Precisamente por esa vinculación, aparecen como una fuente ineludible para analizar y entender las representaciones y discursos que organizaron las disputas partidarias de la época. A diferencia de las décadas precedentes, en Buenos Aires tales confrontaciones no se expresaron ni en los comicios ni en las movilizaciones callejeras, sino que tuvieron como escenario casi excluyente las páginas de los diarios. La autora examina cuatro periódicos partidarios: La Tribuna Nacional y Sud América, afines al gobierno, y los opositores La Nación y El Nacional, estableciendo las tensiones y matices, pero también los puntos de consenso, que articularon sus discursos. Tanto las divergencias como las coincidencias se inscribían en un lenguaje compartido que remitía a los principios generales del pensamiento liberal de fines del siglo XIX.

También durante el decenio del ochenta, María José Navajas examina el caso tucumano, explorando las disputas partidarias sostenidas en las páginas de los periódicos locales. La autora plantea una tensión que se produce entre el discurso de orden y consenso que caracterizó al roquismo y el accionar efectivo de la prensa como herramienta política que promovía confrontaciones, amenazando la estabilidad de ese mismo orden. La vinculación entre los periódicos y la dinámica política aparece con mucha claridad durante el desarrollo de la campaña presidencial de 1886 y los conflictos subsiguientes. Allí se advierte el papel fundamental de la prensa en la definición de las identidades de los contendientes y en la producción de hechos políticos como la movilización callejera y los levantamientos armados.

El estudio de Eduardo Zimmermann se ubica en el cambio de siglo y analiza la vinculación de La Nación con el Partido Republicano . Retomando la caracterización de Duncan, subraya la dualidad conflictiva entre el diario como “guerrero” y “pensador”. Es decir, las dos funciones del periódico como vocero de un grupo partidario y como espacio de elaboración y discusión de doctrina política. La Nación funcionaba así como herramienta para informar sobre la organización y crecimiento del partido y como elemento de propaganda para incentivar y organizar la participación electoral. A su vez, el autor señala la trascendencia otorgada a la formación y movilización de la “opinión pública”, que aparecía como una noción en disputa, a la que los distintos sectores invocaban para legitimarse.

Finalmente, el texto de Román nos introduce al tema de la prensa satírica ilustrada que permanece como un terreno poco explorado por la historiografía argentina. Allí se ofrecen una serie de claves de lectura para el abordaje de este tipo de publicaciones periódicas. La autora subraya el carácter político de la caricatura y su eficacia como representación codificada, pero al mismo tiempo asequible para un público letrado y no letrado: las caricaturas condensaban las consignas políticas y ofrecían imágenes categóricas del adversario. Los semanarios satíricos fueron un producto característico del siglo XIX, pero sólo a partir de la segunda mitad surgieron las principales publicaciones: El Mosquito, que comenzó a publicarse en 1863, y Don Quijote, cuyos primeros números aparecieron en 1884. Este desarrollo no sólo fue posible por la ampliación del público, sino también por el avance de los medios técnicos que permitieron la reproducción de letras e imágenes.

Los trabajos aquí reunidos plantean un abanico de temas y enfoques para el estudio de la prensa política decimonónica que significan aportes importantes, y que se suman a los brindados por los textos más tempranos. A su vez, tales investigaciones han abierto nuevos interrogantes que están siendo abordados y han propiciado la consideración de empresas periodísticas de otros escenarios provinciales.

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