Dossier. Los estudios en comunicación en la Argentina: ideas, intelectuales, tradiciones político-culturales

Los estudios en comunicación en la Argentina: ideas, intelectuales, tradiciones político-culturales

 

Mariano Zarowsky (UBA-UNQ-CONICET)

 

A inicios de los años sesenta comenzó a delimitarse en el país un conjunto de discursos que tomó a la comunicación, los medios y la cultura como un campo de problemas de conocimiento a definir y legitimar. Sus promotores reclamaron mediante su exploración credenciales para la intervención en los debates públicos, promoviendo la creación de espacios de producción y difusión específicos. Estos agrupamientos, expresando la puesta a punto de nuevas problemáticas, herramientas teóricas y maneras de entender los vínculos entre los intelectuales y la sociedad, marcaron con su impronta la emergencia de los estudios en comunicación y cultura en la Argentina. Nos referimos, por nombrar algunos ejemplos, a las trayectorias de Eliseo Verón y Oscar Masotta, entre la escena vanguardista que cobijó el Instituto Di Tella, la renovación de la sociología, el psicoanálisis y la semiología; a la mixtura entre la actividad crítica, docente y editorial de Aníbal Ford, Jorge Rivera y Eduardo Romano, del Centro Editor de América Latina a la revista Crisis (1973-1976), pasando por las clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1973 y al cruce entre praxis editorialista, producción de conocimiento y militancia política que promovió Héctor Schmucler de Los Libros (1969-1976) a Comunicación y Cultura (1973-1985), luego de haber formado parte de la experiencia de Pasado y Presente (1963-1965).

La noción de intelectuales de la comunicación es productiva para pensar este proceso y esta figura histórica. No hace referencia a un grupo definido por su especialización temática o disciplinar, sino a la existencia en el país de una franja de intelectuales que definieron su propia condición y su campo de acción en el punto de intersección que supieron trazar entre una problemática teórica de nuevo tipo y la intervención política. Desde la pregunta en torno a los nexos existentes entre la comunicación, la cultura y la tecnología, entre los mensajes masivos y las ideologías, entre la acción colectiva y las significaciones sociales, entre los medios y la reproducción o la transformación del orden, los intelectuales de la comunicación —al igual que, a veces confundidos con, “los intelectuales de la literatura”, “los intelectuales de la sociología” o “los intelectuales de la educación{{1}}— se proyectaron como figuras públicas legitimadas por su capacidad para darle a sus investigaciones una significación social, cultural y, eventualmente, política. Se trata de una categoría analítica productiva para pensar una figura histórica que cobijó una heterogeneidad de trayectorias provenientes de distintas tradiciones disciplinares y político-culturales.

Desde esta perspectiva, construir una historia intelectual de los saberes y discursos especializados sobre la comunicación y la cultura en la Argentina implica situarnos en la intersección de dos campos de problemas: en una dimensión epistémica, nos remite a la pregunta por las condiciones sociales de producción del conocimiento sobre lo social; desde una hipótesis sociohistórica, se dirige hacia fenómenos y movimientos más amplios del campo político y cultural. El lector encontrará entonces en los artículos que componen este dossier distintas vías, siempre parciales y situadas, de reconstrucción de los múltiples vínculos que ligaron a estos actores y discursos con un espacio social signado por un proceso de modernización cultural y renovación teórica que se desplegó en simultáneo con un fuerte impulso hacia la intervención y, en algunos casos, la radicalización política. En todos los artículos, más allá de su heterogeneidad, se puede leer un denominador común: apuntan menos a la reconstrucción exhaustiva del proceso de configuración de una disciplina que a poner de relieve una serie de momentos fuertes, de situaciones, trayectorias y nudos problemáticos que definieron y marcaron hitos en el complejo y multidimensional proceso de constitución de este zona de discursos especializados que se autonomizó como campo de saber disciplinar.

Si bien este espacio se configuró en buena medida en una escala continental —basta mencionar la composición y el itinerario latinoamericano de una revista como Comunicación y cultura— la selección propuesta hace foco en los itinerarios y escenarios locales que le dieron forma. Con ello se aspira a recuperar el espesor de las tradiciones, los procesos y los debates en los que estos discursos adquirieron su particularidad. Este “recorte nacional” permite calibrar mejor, así, la interacción con lo transnacional, dimensión constitutiva de todo proceso de producción de conocimiento especializado sobre lo social, sobre todo en los países “periféricos”: fue a partir de demandas que encarnaron sujetos emergentes y de movimientos precisos en la sociedad y la cultura que los intelectuales de la comunicación se vincularon a ciertos flujos transnacionales de ideas y de pensamiento, realizando apropiaciones y aportes novedosos y originales.

El artículo de Mirta Varela recorre ciertos tópicos y escenarios donde se desplegó la relación entre los intelectuales y la televisión en la Argentina entre los años sesenta y los años noventa. La hipótesis de la autora es que al mismo tiempo en que la televisión se volvió social, cultural y políticamente relevante, el discurso sobre los medios de comunicación adquirió una relativa autonomía en la intersección de diversas disciplinas y teorías. Lo paradójico es que este discurso se volvió relativamente autónomo en un momento donde —sostiene siguiendo a Beatriz Sarlo— se asistió a una “progresiva pérdida de la especificidad de los discursos intelectuales en relación con ciertos grandes temas” (p. 45). Desde esta paradojal y productiva hipótesis la autora construye su argumentación: el trabajo se propone sortear la indagación teórica y apunta a la reconstrucción de un discurso que acompaña las transformaciones del medio. Este “capítulo de historia intelectual”, tal como lo define, nos lleva “al momento de emergencia de los estudios dedicados a los medios de comunicación” (p. 43). Varela propone entonces una reconstrucción histórica de la relación que los intelectuales mantuvieron con la televisión como un “recorrido privilegiado para el análisis de la constitución de ese campo” (p. 43). No obstante, en su trabajo se deja leer también una hipótesis inversa y complementaria: sostiene que la historia de los estudios en comunicación en el país es una vía de entrada fructífera para estudiar aspectos de nuestra historia intelectual. Las polémicas que reconstruye Varela desplegadas entre 1963 y 1965 en revistas de la nueva izquierda como La Rosa Blindada y Hoy en la Cultura lo ejemplifican: en la disyuntiva entre “apocalípticos e integrados” que recorre estas querellas el “eje no es la televisión sino el intelectual o el artista” (p. 49).

Si Varela propone una mirada panorámica que repone distintas tradiciones y momentos de análisis, de los trabajos pioneros de Jaime Rest, pasando por el escenario del Di Tella (donde Oscar Masotta y Eliseo Verón entrelazaron sus reflexiones con los happenings y las prácticas de la vanguardia artística) hasta las revistas Lenguajes, Comunicación y Cultura y Crisis; el artículo de Pablo Alabarces hace foco en una de las tradiciones que configuraron la emergencia de los estudios en comunicación en la Argentina y definen su impronta hasta la actualidad. Más precisamente, Alabarces cruza los itinerarios intelectuales de Jorge Rivera, Eduardo Romano y Aníbal Ford y explora las trayectorias, contextos y operaciones conceptuales que contribuyeron a la “invención” de los estudios sobre la cultura popular en el país. Su procedencia común desde el campo de la literatura y la crítica literaria no sólo informa sobre un desplazamiento disciplinar y las operaciones teórico-metodológicas que le dieron fundamento como campo problemático: la relectura de la cultura (de masas) desde el peronismo da cuenta también de su “fundación política” o, de otro modo, del ejercicio de un tipo de intervención intelectual desde una zona de saber especializado. Alabarces da cuenta de los espacios de intersecciones múltiples{{2}} en los que se desplegó desde la periferia del campo cultural esta apropiación de saberes, entre la educación de adultos, la actividad editorial, el periodismo cultural y las clases en la universidad. Como hipótesis metodológica para el estudio de otras formaciones de la época vinculadas a los estudios en comunicación, estos espacios de intersecciones múltiples ameritan ser explorados no sólo como indicadores de un proceso de reorganización cultural, sino en su productividad epistémica.

El trabajo de Sandra Carli también puede leerse en clave metodológica: recurre a la biografía intelectual como herramienta analítica para comprender la transformación de los modos de producción de conocimiento en las ciencias sociales y los cambios operados en las últimas décadas en la cultura universitaria y el campo intelectual. La autora traza un seguimiento comparado de los itinerarios de Adriana Puiggrós y de Aníbal Ford. A diferencia de otras disciplinas más estabilizadas y menos permeables a la demanda social y las prácticas profesionales, las ciencias de la educación y la comunicación ofrecen una ventana productiva, sostiene, para “reconocer la existencia en las ciencias sociales de diversas mixturas y combinaciones entre imaginarios sociales y políticos y producción académica” (p. 67). ¿Qué informan las biografías individuales y colectivas sobre las ciencias sociales? Permiten —sostiene Carli— una “mirada encarnada de las disciplinas, dan cuenta de perspectivas singulares que se modulan en el tiempo, informan sobre la historicidad del pensamiento, expresan las articulaciones estrechas entre conocimiento y subjetividad” (p. 70).

El trabajo de Laura Vázquez podría considerarse entonces como un doblez de las propuestas hasta aquí exploradas. Vázquez propone un recorrido analítico por la reflexión de Jorge Rivera sobre la historieta, partiendo de una doble hipótesis: los trabajos del crítico sobre este género “son un buen lugar para examinar la relación intelectuales/peronismo pero sobre todo, para leer en los pliegues de la cultura masiva, la invención de un campo de estudios” (p. 123). Observando una discontinuidad entre los modelos extranjeros y la historieta argentina, Rivera supo encontrar en este género, sostiene la autora, una manifestación de la cultura popular. Con ello apuntaba a problematizar “la cuestión de lo nacional, la política y la resistencia cultural” (p. 123). Esta vertiente de la crítica se dirigió al interior de la tradición literaria y la historiografía clásica para revisar su canon.

El artículo de Lucas Berone puede examinarse en composición con el de Vázquez. Ambos ponen de relieve el papel que la investigación sobre la historieta tuvo en la emergencia de los estudios en comunicación y cultura en el país, y la manera en que la disputa en torno a su legitimidad como objeto oficiaba como instrumento de colocación de una franja intelectual emergente. Berone se centra en las operaciones conceptuales que traza Oscar Masotta para su estudio. Su paradojal y productiva denominación de la historieta como “literatura dibujada” indica su apuesta por otorgarle (y otorgarse) un estatuto crítico, tanto como el peso que la pregunta por los modos de su abordaje específico alcanzaba en su reflexión. Pues, ante todo, la historieta fue para Masotta un objeto de conocimiento: exploró y combinó para su estudio saberes heterogéneos y de avanzada, desde la estética a la semiología, pasando por el psicoanálisis. En ese punto, sus intervenciones corrían en paralelo —mejor, se cruzaban— con las de su colega y amigo Eliseo Verón, y pueden ubicarse como parte de una fracción o tradición “modernizadora” que marcó con su impronta heterodoxa la historia del campo. Berone subraya, por cierto, que para Masotta la historieta fue también un objeto de valor: un campo productivo para interrogarse sobre las relaciones entre estética y ética, entre arte y política.

El trabajo de Mariano Zarowsky, finalmente, aborda otra de las tradiciones intelectuales que configuraron y caracterizan este campo y puede leerse a modo de cierre de una etapa. Sigue el itinerario de una serie de “intelectuales de la comunicación” en el exilio, más puntualmente, los cruces que se dieron entre los desplazamientos conceptuales y políticos que se elaboraron en la revista Controversia (1979-1981) y los que se promovieron en el campo específico en la revista Comunicación y Cultura (1973-1985) en su etapa mexicana. La trayectoria de Héctor Schmucler —protagonista de ambas empresas— oficia como mediación. Desde esta entrada, el artículo pone de manifiesto el modo en que una estructura de sentimiento elaborada en la trama exiliar y en un preciso contexto de reflujo político, influyó fuertemente en la configuración de un nuevo paradigma que marcó las agendas y perspectivas disciplinares en los años ochenta y noventa. A la inversa, el artículo apunta a reconstruir el modo en que los estudios en comunicación participaron desde sus debates específicos en la reorganización del campo intelectual argentino y la reformulación de toda una cultura política.

Este dossier, en suma, no apunta a ofrecer una reconstrucción historiográfica totalizadora y exhaustiva. Figuras y trayectorias, escenarios intelectuales, momentos fundantes, apenas si son aludidos cuando no desatendidos. Se trata más bien de proponer una vía de exploración de múltiples carriles: la historia de los estudios en comunicación y cultura en el país entre los años sesenta y ochenta ofrece una vía de entrada productiva y original para analizar los procesos sociales de construcción del conocimiento sobre lo social, tanto como aspectos poco atendidos de la relación entre intelectuales, cultura y política en el período. Se trataría, en fin, de pensar el itinerario de los intelectuales de la comunicación como un capítulo de la historia intelectual argentina reciente.

[[1]] Aguilar, Gonzalo (2010). Los intelectuales de la literatura: cambio social y narrativas de identidad. En Carlos Altamirano (Ed.), Historia de los intelectuales en América Latina II. Los avatares de la ‘ciudad letrada’ en el siglo XX. Buenos Aires: Katz; Rubinich, Lucas (1999). Los sociólogos intelectuales. Cuatro notas sobre la sociología en los 60. Apuntes de Investigación del CECyP, 4; Suasnábar, Claudio (2004). Universidad e intelectuales. Educación y política en la Argentina (1955-1976). Buenos Aires: Flacso, Manantial. [[1]]

[[2]] Neiburg, Federico y Plotkin, Mariano (Comps.) (2004), Intelectuales y expertos. La constitución del conocimiento social en la Argentina. Buenos Aires: Paidós. [[2]]

Textos seleccionados para el dossier

 




Dossier. Repercusiones de las guerras del siglo XX en los imaginarios políticos de derecha: estudios de caso en el marco latinoamericano

Repercusiones de las guerras del siglo XX en los imaginarios políticos de derecha: estudios de caso en el marco latinoamericano

 

Valeria Galván

 

Los principales conflictos bélicos internacionales del siglo XX afectaron, en mayor o menor medida, a todos los rincones del planeta. En efecto, la Guerra Civil Española, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría repercutieron incluso en regiones y poblaciones geográfi-camente alejadas de dichas contiendas, independientemente de su carácter beligerante. Pese a ello, las influencias de estas guerras a escala local fueron relegadas a los campos de la historia económica y diplomática hasta muy recientemente.

Sólo en las últimas décadas, la problemática bélica se enriqueció con los aportes de la historia social, cultural e intelectual. Asimismo, los estudios históricos de la guerra recibieron un nuevo impulso a partir del auge de la historia transnacional, que enfatizó en el análisis de la circulación de representaciones e ideas, filtradas por diversos actores específicos de los escenarios locales. Pero aun cuando la mirada puesta en las repercusiones ideológicas y políticas de las guerras en dicho sentido es una tendencia en proceso de consolidación en el campo historiográfico, ciertas perspectivas específicas, como por ejemplo, la historia conceptual, los abordajes desde el punto de vista de sus imaginarios o de las sociabilidades y su impacto en determinadas tradiciones ideológico-políticas, permanecen desatendidos.

Precisamente este último punto nos lleva a la segunda preocupación de este dossier: las derechas. Si bien los análisis sobre actores políticos considerados de derecha, han proliferado en los últimos años, éstos se cruzaron en escasas oportunidades con la perspectiva bélica. Efectivamente, el campo de estudio de las derechas abunda en análisis de actores políticos que según diversos parámetros (culturas políticas, relación con otros actores contemporáneos, etc.) han sido agrupados analítica-mente por la historiografía regional en liberales, nacionalistas, anticomunistas, católicos, conser-vadores, corporativistas, entre otros. Según el caso, sus prácticas e ideas son puestas bajo la lupa de la historia transnacional y comparada, de la historia política, social, cultural o de la historia intelec-tual.

En particular, los estudios acerca de la derecha en Latinoamérica abundaron en estos tipos de abordajes. Sin embargo, los análisis que tienen en cuenta la intersección entre derechas y guerras no han recibido mayor atención. Desarrollos recientes permiten avizorar un creciente interés en el cruce entre los estudios históricos de la guerra y la historia de las derechas.
Esta clase de aproximaciones tienen la ventaja de, por un lado, enriquecer la caracterización de los actores de derecha con una perspectiva global y, por otro, de descentrar la historia de las guerras, a partir de ejemplos concretos de anclaje local de las consecuencias bélicas en países no beligerantes. Así, más precisamente, las contribuciones que componen este dossier se enmarcan en la historia intelectual y cultural o en la historia transnacional para dar cuenta del impacto que las guerras han dejado en los procesos identitarios, las ideas, las prácticas y los imaginarios políticos de las derechas de la región.

En este marco, el dossier abre con el artículo de Matías Grinchpun sobre Carlos Ibarguren y la Pri-mera Guerra Mundial. Grinchpun se focaliza en la perspectiva de un intelectual nacionalista repre-sentativo de su campo, contemporáneo al primer gran conflicto bélico del siglo XX. Siguiendo de cerca el punto de vista de Ibarguren, observa que, a pesar de que en su biografía política e intelectual no se encuentra un desvío pronunciado respecto de sus principales posturas, el desencadenamiento de la guerra le sirvió como excusa para profundizar su elitismo político y su preocupación por la amenazante cuestión social en el plano doméstico. Eventualmente, asimismo, su interpretación decadentista de la Gran Guerra y de sus consecuencias lo llevarían a efectuar un giro corporativista que dio origen a una larga tradición político-intelectual en las generaciones nacionalistas siguientes.

En relación con la Guerra Civil española, la bibliografía que analiza sus repercusiones en la Argen-tina es más numerosa. La singularidad del texto de Nicolás Iannini, sin embargo, radica en que res-cata su repercusión en el nacionalismo de derecha argentino. Este artículo analiza la recepción del hispanismo en la revista nacionalista argentina Sol y Luna , considerando especial-mente cómo la adhesión al hispanismo de esta publicación sufrió modificaciones vinculados con la guerra española y el ascenso del franquismo. Así, el artículo destaca que esta adhesión al hispanismo se realizó desde una postura crítica, que pese a ensalzar la pertenencia a una misma comunidad cultural y espiritual no se limitó a la reproducción automática del discurso franquista sino que buscó utilizar el pilar de la hispanidad para su propio proyecto político de alcance nacional. De esta manera, se defendía desde sus páginas un nacionalismo (que se exacerbaba cada vez más con el correr de los años) enriquecido por la adscripción y defensa de los valores que emanaban de la “madre patria”.

En esta lista, la Segunda Guerra Mundial es quizás el conflicto que mayor atención ha venido con-citando, incluso desde la perspectiva de las derechas. No obstante, el trabajo de María Inés Tato ofrece una perspectiva singular. Mediante un análisis de las representaciones del nazismo en periódicos nacionalistas contemporáneos al desencadenamiento de esta contienda (Bandera Argentina, Crisol y El Pampero ), logra reconstruir un mapa de los aportes del nacionalso-cialismo alemán (tanto en términos ideológicos como pragmáticos y organizacionales) al nacional-ismo antiliberal argentino, en un momento de crisis de su identidad ideológica.
Finalmente, si bien los coletazos regionales de determinados procesos internacionales enmarcados en la Guerra Fría han sido trabajados principalmente de modo tangencial, análisis más recientes han comenzado a reconocer la importancia de los aspectos culturales e intelectuales de este conflicto a nivel global y de sus influencias específicas en el campo de las ideas y la cultura latinoamericanas. Entre éstos, adquieren particular relevancia los últimos estudios acerca del anticomunismo específico del contexto de Guerra Fría y sus influencias en la derecha latinoamericana. En esta línea, el artículo de Magdalena Broquetas (parte de un trabajo más amplio sobre las derechas en Uruguay) es fundamental para entender el alcance del Estados Unidos y la Guerra Fría en la política interna uru-guaya, que encarnó en la violencia política de inspiración principalmente anticomunista en una plu-ralidad de ámbitos, como el educativo, el sindical, el partidario y el gubernamental. Así, Broquetas se sumerge en la actividad de diversos grupos derechistas (conservadores, extremistas) que durante la década del 60 pivotaron en la arena política uruguaya, marcada por la crisis económica, la mo-vilización de los trabajadores y el miedo a la revolución comunista.

De modo similar, el trabajo de Luis Alberto Herrán Ávila rastrea las trayectorias de grupos nacion-alistas anticomunistas de la década del 60 en Argentina (Tacuara) y Méjico (MURO), atendiendo a sus vínculos, rupturas e imaginarios compartidos. En su análisis, Herrán Ávila apela a la historia transnacional para dar cuenta de la amplia dispersión en la sociedad civil de los años 60 del imagi-nario anticomunista y del modo en que éste caló en organizaciones juveniles nacionalistas que bus-caron, a su vez, construir una militancia de derecha, apelando a los métodos de acción política di-recta –propios del escenario de la Guerra Fría– y a un sentido de comunidad más amplio. Así, la militancia anticomunista de raíz nacionalista-católica trascendía, en ambos casos, las coyunturas nacionales.

Por último, este dossier cierra con un estudio de Elena Scirica sobre la acción política y de propa-ganda anticomunista en el contexto de la Guerra Fría, examinada en grupos católicos argentinos de los años 60 (principalmente “Cruzada”-“Tradición, Familia y Propiedad”). Según la autora, estas agrupaciones católico-integristas fueron las responsables de la difusión en las FFAA y en la socie-dad civil de un ideario anticomunista acérrimo, que en última instancia aspiraba a erradicar el marx-ismo de la vida política argentina, en general, y de la Iglesia católica posconciliar, en particular.

 

Textos:




Dossier. Diplomacia, vida cultural y circulación de saberes

Diplomacia, vida cultural y circulación de saberes

 

Juan Pablo Scarfi (Centro de Historia Intelectual, UNQ)

 

La diplomacia como profesión y como práctica ha estado asociada tradicionalmente con la dimensión formal de las relaciones internacionales en el campo de la política internacional, la política exterior, el rol de los ministerios de relaciones exteriores, así como también con la tradición de la historia diplomática en sus versiones clásicas. Sin embargo, la diplomacia ha estado estrechamente ligada a la vida cultural. En América Latina y en general en el continente americano, la dimensión cultural y los intercambios y la circulación saberes e ideas comenzó a ser una parte central de la vida diplomática como tal entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX. En este sentido, en los últimos años, un espectro muy amplio de historiadores de las ideas y de la cultura, de las relaciones internacionales, así como también críticos e historiadores de la literatura, han comenzado a prestar crecientemente mayor atención a la dimensión cultural de la diplomacia y las relaciones internacionales y a la circulación de saberes e ideas y a conformación de redes culturales como componente centrales de la diplomacia y las relaciones internacionales. Esta literatura parte del supuesto de que la diplomacia y las relaciones internacionales como prácticas trascienden a la política exterior, los ministerios de relaciones exteriores, las cancillerías y las embajadas. Este dossier reúne, entonces, una serie de trabajos que exploran la diplomacia como una parte central de la dimensión transnacional de la vida cultural y la circulación e intercambio de saberes, literaturas y símbolos al interior de América Latina y entre América Latina y los Estados Unidos, así como también la importancia de los factores simbólicos y culturales, en particular la literatura y los monumentos, en la construcción del amplio y complejo universo de la diplomacia y las relaciones internacionales en nuestro continente.

Con el reciente auge de la historia transnacional y con el progresivo desarrollo en las últimas dos décadas de la historia intelectual y cultural, comenzaron a generarse interesantes puntos de convergencia entre estos dos campos historiográficos. Esas convergencias y los efectos historiográficos que despliegan están hoy en plena ebullición y resulta difícil aún evaluarlos. Pero en todo caso cabe señalar que han dado lugar a una serie de nuevas preocupaciones historiográficas como la dimensión cultural de la diplomacia y las relaciones internacionales, la diplomacia cultural como tal, la circulación transnacional de saberes, objetos, símbolos y prácticas culturales, las redes culturales, la historia intelectual global y los orígenes de la globalización, así como también a una renovación de los estudios sobre el imperialismo y el antiimperialismo que comenzaron a poner la atención en los factores culturales, las redes y la interacción cultural bidireccional.

La mayor parte de los trabajos que pueden inscribirse en el marco de estas renovaciones historiográficas han tendido a concentrarse en el periodo que va desde 1880 y 1946. Dicho período coincide con la formación de una burocracia estatal, la modernización de la diplomacia y la institucionalización de los ministerios de relaciones exteriores y las embajadas, la expansión mundial del telégrafo y los cables de noticias, el surgimiento de la diplomacia cultural moderna y la construcción de redes modernas de cooperación intelectual regionales y continentales. Sin embargo, un cuerpo emergente de investigaciones reciente ha comenzado a poner su atención también en la Guerra Fría cultural en América Latina y en Argentina, la diplomacia en los años peronistas y la historia reciente de la diplomacia cultural y la circulación de saberes en Argentina, América Latina y el continente americano en general.

Los artículos que integran este dossier exploran desde diversas perspectivas y poniendo el acento en distintos universos geográficos, la diplomacia cultural, la construcción de imaginarios culturales en torno de otros países del continente, solidaridades e intercambios regionales y la circulación de saberes, lenguajes y símbolos como factores centrales de la diplomacia y las relaciones internacionales, resaltando así la importancia de los factores culturales (y al mismo tiempo la relevancia de la vida cultural para la diplomacia). Si algunos artículos se ocupan del lugar de los intercambios transnacionales dentro de América Latina por medio de símbolos, monumentos, viajes, cartas y redes culturales, otros examinan la amplia gama y variedad de imaginarios que intelectuales y diplomáticos (e intelectuales-diplomáticos) de la Argentina construyeron acerca de los Estados Unidos como una potencia emergente en el continente. Aunque resulta difícil hablar de una historiografía consolidada sobre las relaciones internacionales entre los países latinoamericanos y la amplia gama de imaginarios que en la región, y en particular en la Argentina, se construyeron de los Estados Unidos, la apuesta historiográfica hacia el futuro, como se desprende de los artículos aquí reunidos (ninguno de los cuales tiene más de seis años de antigüedad), parece ir en la dirección de cubrir estos vacíos a partir de la apuesta a la dimensión cultural de las relaciones internacionales y la diplomacia y a la circulación transnacional desde abajo y desde arriba de saberes, símbolos, imaginarios y artefactos culturales. En otras palabras, la historiografía de las relaciones internacionales apunta hacia la historia transnacional de la cultura y la historia intelectual global.

La selección reunida en este dossier comienza con artículos sobre el rol de las redes culturales, los viajes, la correspondencia, las revistas y la simbología y el lenguaje geopolítico transnacional de los monumentos patrios en la construcción de las relaciones internacionales latinoamericanas en los ámbitos de la diplomacia de alto rango de las elites y las oficinas y embajadas, así como también en el intercambio y las solidaridades que trascendían el universo de las elites y la diplomacia formal y estaban ligadas al ámbito de los intelectuales, escritores, la sociedad civil e incluso la cultura popular. Martín Bergel analiza las prácticas e intercambios culturales e intelectuales entre distintas figuras de la vida cultural e intelectual de la región que contribuyeron a consolidar ideas y prácticas en favor de la unión continental, forjando lo que él denomina “un latinoamericanismo desde abajo” articulado en torno de revistas de alcance continental, viajes, correspondencia y circulación ideas. El autor propone una nueva mirada del imaginario regional y del antiimperialismo latinoamericano, centrada en las prácticas culturales y las representaciones que permite vislumbrar hasta qué punto el ciclo latinoamericanista que tuvo lugar entre 1898 y 1936 cobró fuerza a partir de la apuesta de construir relaciones internacionales entre los pueblos y sus respectivos intelectuales, en contraposición a las elites políticas y los ministerios. Álvaro Fernández Bravo explora las redes culturales americanistas de la revista Sur en la década de 1940, atendiendo a un aspecto que ha recibido escasa atención entre historiadores y estudiosos de la literatura latinoamericana: la incorporación del mundo tropical y del Brasil dentro de la óptica americanista de la revista. Cuestionando el presupuesto establecido de que la cultura brasilera se mantuvo bastante distanciada del resto de América Latina, Fernández Bravo observa, en cambio, que la figura de doble agente de María Rosa Oliver entre la Oficina Coordinadora de Asuntos Interamericanos y los círculos del comunismo y la izquierda latinoamericana fue una condición de posibilidad para que la literatura brasilera y el mundo tropical ingresaran al universo cultural argentino y hispanoamericano en los años cuarenta, lo cual tuvo consecuencias perdurables para las relaciones culturales entre ambos países.

Pablo Ortemberg, por su parte, examina el rol geopolítico de los monumentos patrios en la celebración de los centenarios de próceres y acontecimientos como San Martín, O´Higgins y el Centenario de Ayacucho en Argentina, Chile y Perú, y ante todo sus efectos culturales en la configuración y redefinición de las relaciones internacionales entre estos tres países entre 1910 y 1924. El autor argumenta que los monumentos y los festejos de los centenarios de las independencias de estos países contribuyeron a forjar acercamientos y lazos de solidaridad entre estos países en un contexto en el que existían conflictos limítrofes entre Chile y Perú por Tacna y Arica, surgidos de los efectos duraderos de la Guerra del Pacífico, así como también alianzas regionales como el acuerdo del ABC entre Argentina, Brasil y Chile de 1914.

Se cierra el dossier con dos artículos sobre los imaginarios y visiones culturales de los Estados Unidos y su emergencia como potencia continental esbozados por diplomáticos, intelectuales e intelectuales-diplomáticos argentinos de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Ambos trabajos toman distancia de la historiografía tradicional sobre los libros de viajes, el latinoamericanismo y el antiimperialismo latinoamericano y proponen nuevas miradas sobre el lugar de los Estados Unidos en el imaginario diplomático y cultural argentino. Por una parte, Paula Bruno analiza una variedad de registros discursivos de viajeros y diplomáticos que transitan desde la crítica antiimperialista y visiones abiertamente antiestadounidenses hasta la idealización, la simpatía y la admiración por el Coloso del Norte, proponiendo así que los Estados Unidos fueron como “un caleidoscopio”. La autora se concentra en autores como Miguel Cané, Paul Groussac, Eduardo Wilde y Martín García Mérou, y sostiene que algunas de estas figuras, como Wilde y García Mérou, escapan al lugar común del distanciamiento y la desconfianza hacia Norteamérica, y que lograron construir, en cambio, una mirada desde adentro fundada en una experiencia y un contacto directo con la cultura estadounidense. En un registro similar, el trabajo de Juan Pablo Scarfi explora el surgimiento de algunas visiones antiestadounidenses en Argentina que propugnaron una crítica lealista y diplomática, y cuestiona el postulado según el cual el antiimperialismo latinoamericanos y argentino estuvo dominado por una crítica culturalista de los Estados Unidos. El autor se focaliza en la obra de juristas, diplomáticos e intelectuales públicos como Roque Sáenz Peña, Vicente Gregorio Quesada y Manuel Ugarte, y argumenta que el discurso del derecho internacional y la diplomacia cumplió un rol importante en la conformación del antiimperialismo y del imaginario antiestadounidense en Argentina.

Textos seleccionados




Dossier. Intelectuales, expertos y políticas públicas en la Argentina democrática. Una mirada desde el espejo latinoamericano

Intelectuales, expertos y políticas públicas en la Argentina democrática. Una mirada desde el espejo latinoamericano

 

Antonio Camou (UNLP – UdeSA)
Con la colaboración de Leandro E. Sanchez (UNLP – CONICET)

 

Referir, aunque más no sea a trazos muy gruesos, una historia lejana de las relaciones entre las esferas del conocimiento y el poder político nos obligaría a recorrer la reflexión y las distintas experiencias que van desde la antigüedad clásica hasta los albores de la modernidad, con su vasta saga de libros dedicados a dar “consejos” a los Príncipes. Una historia moderna, por su parte, reconocería su punto de quiebre en los comienzos de la constitución de las ciencias sociales como disciplinas autónomas y su articulación con las necesidades del Estado burocrático y racional, las exigencias de cálculo y conocimiento especializado requerido por los mercados capitalistas, y las demandas de atención de la emergente “cuestión social” por parte de nuevos actores sociales y políticos. Pero la historia contemporánea en la relación entre lo que comienza a definirse más claramente como conocimiento especializado ( expertise), de un lado, y como proceso de elaboración de política pública ( public policy), del otro, no empieza a escribirse en sus nuevas líneas hasta el período que va entre la crisis de los años ’30 y el final de la Segunda Guerra Mundial. En ese lapso se anudan dos complejos procesos, cada uno de ellos con sus propias temporalidades y dinámicas, que contribuirán a definir los términos de la relación entre conocimiento especializado y políticas durante buena parte de las décadas siguientes. Por un lado, asistimos a la emergencia de un Estado que se ubica crecientemente en el “centro” de la sociedad, en tanto regulador de la esfera económica a la vez que promotor de la integración social, y que será un creciente demandante de expertos y técnicos para cumplir las cada vez más diferenciadas tareas propias de su condición de Welfare State; por otro lado, las disciplina científicas, en general, y las ciencias sociales, en particular, experimentarán desde aquellos días un marcado proceso de desarrollo teórico-metodológico, de diversificación y especialización institucional, y de profesionalización de sus cuadros, en el marco de una modernización y expansión universitaria en gran medida sostenida por fondos públicos {{1}}.

En esta larga historia, donde alternan encuentros, desencuentros y tensiones, ha dicho Lewis Coser, se inscribe el vasto proceso de burocratización de la vida social que ha llevado a que la “productividad cultural -que alguna vez pudo haber sido asunto de artesanías- se racionaliza de manera que la producción de ideas se parece, en los aspectos principales, a la producción de otros bienes económicos”. Paralelamente, el lugar que detentaba el literato y el intelectual de tipo “generalista” es paulatinamente ocupado por el “experto”, dotado de un dominio técnico sobre un campo del saber, y capaz de orientarlo a la solución de problemas concretos de elaboración de políticas {{2}}.

Pero entre finales de los años ’70 y mediados de los ’80 ese largo derrotero en la vinculación entre saberes y políticas experimentará una nueva serie de transformaciones. En principio, en virtud de la reconfiguración de las relaciones estructurales entre Estado, mercado y sociedad civil en el marco del proceso globalizador, comenzarán a replantearse las complejas relaciones políticas e institucionales entre ambas esferas. Así, comenzará a evidenciarse como un lugar común que la vinculación entre los especialistas y la política se opera cada vez más al interior de “redes de asuntos” ( issue networks ), que conectan agencias de gobierno, tanques de pensamiento, centros de investigación, fundaciones privadas, organismos multilaterales, universidades, empresas patrocinadoras de proyectos, y otras organizaciones complejas, que dejan en un espacio subalterno –aunque no carente de importancia- la figura clásica del consejero personalizado. Por otra parte, también comenzará a revisarse una cierta visión “lineal”, e incluso ingenua, de la relación entre producir conocimiento especializado y aplicarlo en el ámbito de la toma de decisiones. Incluso los propios expertos (luego de las fallidas experiencia –en el caso norteamericano- de los ambiciosos programas de la “Gran Sociedad” y la “Guerra contra la Pobreza”), terminarían reconociendo que habían recomendado políticas con información insuficiente, que se había subestimado el análisis de la implementación, o que se había descuidado la problemática de la evaluación {{3}}.

Simultáneamente, las usinas de pensamiento experimentarán un marcado crecimiento y una paulatina diversificación. En general, distintos autores coinciden en señalar que los centros de investigación y análisis de políticas públicas tuvieron tres grandes momentos de creación. Para el caso emblemático de los Estados Unidos, una primera generación, hacia finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, estuvo ligada a un movimiento orientado a profesionalizar el gobierno y mejorar la Administración. Algunos ejemplos serían el Instituto de Investigación Gubernamental (1916), antecesor de la Institución Brookings (1927), o la Institución Hoover (1919). Un segundo momento se produce a partir del final de la Segunda Guerra, cuando comienza a emplearse la expresión “think tanks”, y los centros de investigación se orientan fuertemente a analizar la agenda internacional en el marco de la Guerra fría y los desafíos del liderazgo mundial estadounidense. Un ejemplo típico de esta generación será la Corporación Rand (1948), vinculada a la Fuerza Aérea norteamericana, y que fue pionera en la realización de estudios sobre análisis de sistemas, teoría de juegos y negociación estratégica. Finalmente, una tercera oleada emergió hacia los años ’70: estas nuevas usinas estarán concentradas, tanto en la “defensa de causas” como en la investigación, buscando generar “asesoramiento oportuno que pueda competir en un congestionado mercado de ideas e influir en las decisiones sobre políticas”. La Fundación Heritage (1973) o el Instituto Cato (1977) serían ilustraciones típicas de esta nueva generación de think tanks {{4}}.

En este nuevo contexto, poco a poco fue haciéndose manifiesto que era necesario revisar -con una visión integral- los problemas de la articulación entre conocimiento especializado y elaboración de políticas públicas. En esta línea, el actual interés por el estudio de la problemática es fruto, por un lado, del nuevo papel que cumple el conocimiento experto y las organizaciones productoras de expertise en el marco de las transformaciones globales entre Estado, mercado y sociedad civil, y por otro, de la (auto) reflexión crítica de los especialistas acerca de los usos y la influencia real del conocimiento científico en la toma de decisiones. En el primer caso, y como ha señalado James G. McGann al referirse a aquellas organizaciones comprometidas con el estudio de problemas globales,

…en el mundo ha habido una verdadera proliferación de centros de investigación y análisis que comenzó en la década de los ’80 como resultado de las fuerzas de la mundialización, el fin de la Guerra Fría y el surgimiento de problemas transnacionales. Dos terceras partes de todos los centros de investigación y análisis que existen hoy se establecieron luego de 1970, y más de la mitad a partir de 1980 {{5}}

Pero la referencia cuantitativa no debe hacernos perder de vista los cambios cualitativos que comportan, y la percepción de frecuentes “cortocircuitos” entre la esfera del expertise y la esfera de toma de decisiones. Si durante las décadas del ’50 y del ‘60 existía una confianza casi ciega –ingenua o ideológicamente sesgada- en la validez de la “cadena dorada” que unía el saber científico con las necesidades de elaboración de las políticas públicas, la situación actual ha cambiado de manera significativa. Rara vez, nos recuerda Björn Wittrock, alguien se atrevió a dudar de que “utilizar la investigación de la ciencia sociales para las políticas públicas es una cosa buena…, usarla más es mejor, y aumentar su uso significa mejorar la calidad de las decisiones gubernamentales”. Sin embargo, la expansión en los años siguientes de las propias ciencias sociales, de un lado, junto con los reiterados esfuerzos por vincular a éstas con los procesos de elaboración de políticas, de otro, comenzaron a evidenciar las limitaciones de la ingenua doctrina que predicaba cierto automatismo unidireccional en la relación entre saberes especializados y gestión estatal. En buena medida, las preocupaciones actuales sobre los usos sociales del conocimiento son una respuesta a las ayer infladas, y hoy devaluadas, “pretensiones de la revolución racionalista… de racionalizar todo plan y coordinar las políticas públicas en un número cada vez mayor de ámbitos, y cada vez más hacia el futuro, con ayuda de toda una variedad de técnicas de administración”. Estas constataciones nos dejan en las puertas de una paradoja. “Tanto el crecimiento de la investigación social como la cientifización del proceso de políticas son procesos sociales de importancia fundamental en…Occidente”, pero como contrapartida, “una y otra vez encontramos informes de científicos sociales que se quejan de que no se les escucha, y de responsables de políticas que se quejan de haber recibido muy poco que valiera la pena”. La complejidad problemática de los vínculos entre la esfera del conocimiento científico especializado y la esfera político-institucional está en la actualidad en el centro de la escena {{6}}.

Para ilustrar esta problemática en el caso argentino, pero ofreciendo una mirada en espejo con la experiencia latinoamericana reciente, hemos elegido una serie de textos elaborados a lo largo de la última década. La lógica de la selección va de lo más general a lo más particular, del ámbito internacional al latinoamericano, y del latinoamericano al nacional, destacando para el caso argentino tres campos de saberes en relación con las políticas (Política Exterior, Educación y Economía).

En un primer bloque ofrecemos dos textos que nos permiten abordar una mirada general y regional sobre la problemática bajo análisis. El trabajo de Miguel Braun, Mariana Chudnovsky, Nicolás Ducoté y Vanesa Weyrauch analiza las instituciones de investigación de políticas a partir de un amplio estudio comparativo que toma como referencia organizaciones de Asia, África, Europa del Este/CEI y América Latina. El punto de partida del trabajo consiste en analizar los desafíos a la producción de conocimientos orientados a resolver problemas de políticas en contextos especialmente adversos, signados -entre otros problemas- por la inestabilidad política, económica y social, una alta rotación a nivel de los responsables de formular políticas, la falta de mecanismos institucionalizados para la interacción entre la sociedad civil y el Estado, la corrupción, la poca demanda para la investigación y la escasa capacidad gubernamental. El siguiente texto, por su parte, elaborado por Gerardo Uña, Carina Lupica y Luciano Strazza, se enfoca en el ámbito regional en una cuestión de capital importancia: la investigación ofrece un abordaje comparativo sobre la participación de los think tanks y los expertos en las distintas etapas de las políticas sociales en tres países de América Latina (Argentina, Chile y México), sobre la base de analizar el rol y los intereses de todos los actores que participan en el proceso político y técnico de elaboración de políticas públicas.

Un segundo bloque está conformado por dos trabajos que estudian el caso chileno y el uruguayo respectivamente, pero en ambos artículos encontramos una cierta intención comparativa que nos permite ubicar a la experiencia argentina sobre ese telón de fondo analítico. El ensayo de Patricio Silva explora la importancia que han tenido los tecnócratas en la evolución política chilena a partir de las primeras décadas del siglo XX hasta el día de hoy. A pesar de su autoproclamado apoliticismo –señala el autor- el estamento tecnocrático se ha constituido en un actor estratégico en los intentos de legitimación de los diversos proyectos políticos de este período. Partiendo del debate existente sobre el fenómeno tecnocrático en las sociedades modernas se subrayan una serie de características particulares del caso chileno. Seguidamente, el artículo de Adolfo Garcé introduce la sugerente noción de Régimen Político de Conocimiento (Political-Knowledge Regime) , a partir de un diálogo crítico con los recientes aportes de Campbell y Pedersen (2011). Si bien el trabajo se apoya en una serie de investigaciones empíricas centradas en el gobierno de Tabaré Vázquez, el análisis del autor nos permite ofrecer una caracterización original, a la vez que polémica, de distintos casos latinoamericanos: Chile, Brasil, Argentina y Uruguay.

Por último, el bloque de cierre reúne tres contribuciones que hacen foco en la experiencia argentina en tres diferentes campos de políticas. La primera contribución de Alejandro Simonoff ensaya un abordaje histórico de la constitución histórica del sub campo disciplinar del estudio de la política exterior argentina y su vinculación con el campo de políticas propiamente dicho. En el trabajo recorre la variedad de estructuras explicativas y múltiples interpretaciones sobre el pasado de un campo disciplinar que busca la construcción de un saber, y, al mismo tiempo, la construcción de un instrumento para la vinculación del Estado con otros actores internacionales. Este recorrido es abordado por el autor a partir de identificar y describir las instancias “pre paradigmáticas” que darán lugar a los dos momentos “paradigmáticos” en la disciplina que bien ilustran el título de su trabajo; ello sin perder de vista que un régimen de verdad siempre es funcional al régimen político vigente.

El trabajo de Claudio Suasnábar, a través de la pregunta plasmada en su título, intenta expresar la mezcla de malestar y disconformidad frente al estado de conflicto que –a juicio del autor- atraviesa actualmente la comunidad académico-intelectual de las ciencias de la educación, en particular a partir de la experiencia de la reforma educativa desarrollada durante la década de los ’90, que contó con la participación de notorios investigadores universitarios en cargos de gestión estatal. El texto presenta algunas líneas de interpretación para pensar esas tensiones en el marco de un argumento tributario del enfoque de Bourdieu: si el estado de un campo intelectual no es más que la expresión cristalizadas de las luchas pasadas, el trabajo se plantea como un ensayo de interpretación que -focalizando en las tensiones entre pedagogía y política- presenta una serie de momentos o etapas que recorren la conformación reciente del campo intelectual de la educación.

Finalmente, el artículo de Mariana Heredia parte de considerar, en consonancia con lo ocurrido en otros países, las nuevas formas de elaborar, discutir y aplicar políticas económicas en Argentina inauguradas a partir de los años sesenta. Las elites técnico-profesionales fundaron espacios estables y específicos desde los cuales relacionarse con el Estado y la sociedad. En la intersección entre círculos académicos, organizaciones partidarias, agencias de la administración pública, medios masivos de comunicación, corporaciones empresarias y organismos internacionales, los centros privados de expertise se consolidaron como un “punto de pasaje” en la orientación de las políticas públicas en materia económica. En base a una investigación socio-histórica sobre las ciencias económicas en la Argentina, se estudia la emergencia y la expansión de estos nuevos actores, se analiza la dinámica de este “mercado de expertise” y se avanzan algunas conjeturas sobre la continuidad de este nuevo tipo de representación y sus efectos sobre la vida pública y política.

[[1]] Un tratamiento más detallado de esta cuestión en Camou, Antonio, “Quo Vadimus Sartori? Ciencia política y políticas públicas en el marco de una polémica”, Andamios. Revista de Investigación Social, Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), Nro. 11, 2009. [[1]]
[[2]] Coser, Lewis A. Hombres de Ideas. El punto de vista de un sociólogo (1965), México, FCE, 1968. Un análisis más cercano de este procesos en Brunner, José Joaquín “Investigación social y decisiones políticas: El mercado del conocimiento”, Nueva Sociedad, Nº 146, p. 111 y ss., 1996 [[2]]
[[3]] La crítica clásica de esta problemática en el libro de Pressman, Jeffrey L. & Aaron Wildavsky (1984), Implementación, México, FCE, 1998. [[3]]
[[4]] La cita pertenece a Haass, Richard N., “Los thinktanks y la política exterior estadounidense: la perspectiva de un elaborador de políticas”, Agenda de la política Exterior de los USA (Departamento de Estado, Programas de información internacional) (http://usinfo.state.gov/journals/), volumen 7, número 3, noviembre de 2002.. [[4]]
[[5]] McGann, James G., “Los thinktanks y la transnacionalización de la política exterior”, Agenda de la política Exterior de los USA (Departamento de Estado, Programas de información internacional) (http://usinfo.state.gov/journals/), volumen 7, número 3, noviembre de 2002. [[5]]
[[6]] Wittrock, Björn, “Conocimiento social y política pública: ocho modelos de interacción”, en Peter Wagner et al., Ciencias Sociales y Estados Modernos. Experiencias nacionales e incidencias teóricas (1991), México, FCE, 1999. [[6]]

 

Referencia de los textos