image_pdfimage_print

El pasado de las provincias. Actores, prácticas e instituciones en la construcción de identidades y representaciones de los pasados provinciales en la Argentina entre la segunda mitad del XIX y la entreguerra.

 

Alejandro Eujanian

 

En los últimos veinticinco años, la historia de la historiografía argentina experimentó una renovación alentadora, acorde con las transformaciones que desde antes se venían produciendo en otros campos de la historiografía y de las Ciencias Sociales. Esos cambios fueron el resultado de la recepción de herramientas, enfoques, conceptos y problemas que afectaron a la historia cultural e intelectual en su conjunto: el abandono de una perspectiva genealógica e historizante; el desplazamiento desde los textos canónicos y los autores consagrados a las representaciones del pasado y sus usos; la atención a las interpretaciones considerando los contextos de recepción y producción, los canales de circulación y los diversos lenguajes y soportes utilizados; el estudio de las prácticas, los actores y las instituciones dedicados a producir, difundir y debatir acerca de esas representaciones.
Sin embargo, el área de investigación así conformada continuó siendo relativamente acotada en cuanto a sus temas y, sobre todo, en lo que respecta al espacio en el que concentró su interés. La nación fue el territorio y el problema central y, en ambos sentidos, la referencia fue Buenos Aires. Había motivos para ello. Allí estaban radicados quienes impulsaron esa renovación; a ese espacio atendieron la mayor parte de los trabajos que habían abordado el tema desde los propios orígenes de la disciplina; allí se habían iniciado los procesos de especialización, institucionalización y profesionalización de las disciplinas dedicadas al estudio del pasado. El caso de Buenos Aires, por otra parte, parecía más compatible con las experiencias europeas y norteamericanas que servían de referencias teóricas y metodológicas, además de definir los problemas que alentaron la reflexión sobre la situación nacional. Por estos motivos, los estudios historiográficos hicieron foco en tres procesos articulados y a la vez analíticamente diferenciables: la formación de los Estados Nacionales; la elaboración de relatos y representaciones sobre los orígenes de la nación; y la progresiva transformación de un oficio en una disciplina y luego en una profesión amparada por el Estado y, al mismo tiempo, relativamente autónoma de él.
En diálogo con los trabajos centrados en la experiencia metropolitana pero atendiendo a la especificidad de los procesos provinciales, un conjunto de investigadores radicados en las provincias han realizado importantes contribuciones que han servido para ampliar esos enfoques al reflexionar sobre dichos procesos considerando casos que se resisten a entrar en los modelos metropolitanos y que obligan a repensarlos a la luz del aporte de nuevas evidencias. Sin duda, el interés por las provincias fue favorecido por las transformaciones que se operaron en el campo historiográfico desde finales del siglo XX, alentados por el surgimiento de nuevas carreras universitarias, por la multiplicación de congresos y por la ampliación del Conicet, que favoreció el desarrollo de condiciones más propicias para las investigaciones en áreas no convencionales. También por la convicción de que las provincias y sus intelectuales habían sido ignorados por historias generales que, sin embargo, no dudaron de calificarse nacionales. De todos modos, es probable que el interés por los pasados de provincia tenga raíces más profundas, que se remontan a la peculiar conformación de la nación y las provincias en los territorios que habían formado parte del Virreinato del Río de la Plata. Durante mucho tiempo, las preguntas que ponían en cuestión la legalidad y legitimidad de la nación y la de los estados provinciales, reclamaron al pasado los argumentos que permitieran fijar sus respectivos orígenes y, posteriormente, que contribuyeran a la elaboración de relatos identitarios.
Los estudios que aquí hemos reunido tienen como objeto esos relatos, elaborados entre fines del siglo XIX y la entreguerra por intelectuales que dedicaron una parte importante de su obra a recuperar hechos y hombres olvidados del pasado provincial; que crearon instituciones, asociaciones y museos; y que escribieron obras que tradicionalmente habían sido consideradas menores por las elites culturales radicadas en Buenos Aires.
Por ese camino, nos obligan a repensar la relación entre metrópoli y periferia, entre Buenos Aires y las principales capitales provinciales. Entre otros motivos, porque nos permiten observar un haz de relaciones que incluyen aquellas que se traman con las elites sociales, culturales, políticas y económicas de la capital nacional y las burocracias estatales. También porque muestran que lejos de ser las provincias consumidoras pasivas de los productos culturales elaborados en Buenos Aires, fueron proveedoras de imágenes, representaciones y símbolos utilizados en diversos momentos como hebras para hilvanar relatos identitarios con pretensión nacional.
Quienes se dedicaron más activamente a contribuir a la elaboración de estas representaciones no eran profesionales de ninguna de las ramas dedicadas al estudio del pasado, tampoco lo eran en Buenos Aires para la entreguerra. No poseían el monopolio de la práctica del oficio, ni una formación compartida o una acreditación reconocida por los pares y por el Estado; tampoco obtenían ingresos que les permitieran dedicarse de tiempo completo a esa actividad; ni autonomía relativa respecto de la sociedad, el Estado, los partidos políticos y, menos aún, de las elites tradicionales a las que se hallaban en más de un sentido vinculados.
Sí, en cambio, solían reconocer que aquello que se afirmaba debía ser demostrado con pruebas documentales y que “un método”, como lo habían sostenido los historiadores de la Nueva Escuela Histórica, debía guiar sus estudios. Sin embargo, mientas que en la capital nacional comenzaban a organizarse espacios de formación e instituciones específicamente dedicadas al estudio del pasado, en las provincias la institucionalización fue un poco más tardía. Allí prevaleció durante más tiempo una sociabilidad de notables de la que participaron historiadores, literatos, coleccionistas, eruditos, etnógrafos, arqueólogos, etc., relativamente especializados, que formaban parte de una todavía indiferenciada república de las letras. La ausencia de canales estrictamente académicos de formación y legitimación interpares, junto a una todavía difusa distinción entre lo público y lo privado, lejos de representar un obstáculo favoreció las posibilidades de desarrollar diversas actividades en el ámbito público y privado, a la vez que permitió a los intelectuales de las provincias moverse con notable versatilidad de uno a otro género literario.
Por otra parte, muchos de ellos eran descendientes o se hallaban emparentados por matrimonio con personajes de un pasado turbulento, siempre a la espera de ser rehabilitados del olvido o la acusación injusta recibida por un activo centralismo porteño. De ello resultó una historia atenta a los grandes hombres y episodios históricos provinciales en los que los sectores populares fueron presentados como una masa indiferenciada, escasamente autónoma respecto de las elites dirigentes y respetuosas del orden y las jerarquías naturales.
Otro rasgo compartido por las diversas situaciones provinciales estudiadas es que en los casos relativamente exitosos se percibe la importancia de esas figuras que podríamos denominar operadores culturales, en el sentido que le atribuye Michel de Certau. Es decir, intermediarios, mediadores y articuladores de discursos, lenguajes y relaciones de diverso tipo: entre los relatos identitarios elaborados por miembros de las elites y los sectores populares entre quienes esos relatos se difundieron a través de las escuelas, museos y celebraciones locales; entre los intelectuales que elaboraron esas representaciones y el público amplio al que se hallaban dirigidas; entre el estado que promovía, financiaba y legitimaba esas operaciones culturales y la sociedad civil; entre los diversos espacios de producción de conocimiento y los diversos dispositivos destinados a su difusión social; entre los que poseían los recursos (financieros, simbólicos, políticos y materiales) y los especialistas, eruditos y amateurs que requerían de ellos para llevar a cabo sus empresas; entre los coleccionistas y poseedores de reliquias históricas y los museos e investigadores que podían acceder a través de ellos a los archivos privados. Enrique Udaondo, cuya participación en la formación del museo evocativo de Dolores es minuciosamente analizada por María Élida Blasco o Bernardo Canal Feijoó en Santiago del Estero, fueron algunos de esos operadores culturales que cumplieron la función de mediadores al articular intereses y voluntades de diverso tipo y de diversas esferas sociales y públicas. Al tiempo que dedicaron su tiempo y esfuerzos impulsando diversas iniciativas en el campo cultural: fundación de asociaciones;
emprendimientos editoriales, promoción de conmemoraciones y organización de museos, entre muchas otras empresas similares.
Los trabajos de éste dossier tienen la cualidad de mostrarnos esta articulación de intereses entre las abigarradas elites provinciales, los gobiernos y estado nacional y provincial, y un pequeño grupo de personas (historiadores, arqueólogos, etnógrafos, etc.) interesados en el pasado de su comunidad. Ellos formaron parte de un grupo relativamente reducido en cada provincia, tanto en lo que se refiere a la cantidad de personas que se dedicaron más o menos sistemáticamente a esta actividad cómo al espacio social del que formaban parte. En general, estaban relacionados entre sí por vínculos familiares y políticos, además de compartir trayectorias como condiscípulos de las escuelas y colegios, que en las provincias se constituyeron en espacios de sociabilidad de elites. Más tarde, esas relaciones se ampliaron en las Universidades de Buenos Aires y Córdoba, en un principio, y luego también en las principales capitales de provincia durante la entreguerra. Participaron así en una trama social que era previa pero a cuya reproducción y transformación contribuyeron como parte del proceso dinámico de construcción de las elites sociales de provincia y su articulación con las elites sociales y políticas metropolitanas.
Por otra parte, como puede observarse en las trayectorias de Bernardo Frías en Salta, Bernardo Canal Feijoó en Santiago del Estero; D. Peña en Santa Fe; Ramón Cárcano en Córdoba y Manuel F. Mantilla en Corrientes, la etapa porteña de formación aportaba un plus de distinción. Entre otros, éste puede haber sido un factor que favoreció su posición entre las elites locales al acortar la distancia relativa con las elites nacionales, radicadas generalmente en la capital del país, sede del estado nacional y, sobre todo, principal centro de acumulación de capital simbólico, financiero, cultural, social y político. La mayoría de ellos, se incorporaron como miembros de número o correspondientes de la Junta de Historia y Numismática Americana, junto otras instituciones culturales metropolitanas, y desempeñaron cargos de cierta relevancia en los poderes públicos nacionales y provinciales. Si bien en las capitales de provincia tenían la posibilidad de insertarse rápidamente en sus instituciones por su pertenencia a las elites provinciales, su paso por Buenos Aires les agregaba un plus de capital relacional que les permitía aspirar a posiciones relevantes en el ámbito local y gozar de cierto reconocimiento adicional. Además, tendría cierta importancia a la hora de gestionar subsidios, impulsar leyes o atraer personalidades nacionales e internacionales con el fin de dictar conferencias.
En este sentido, es notable la diferencia que presentan los casos estudiados en las provincias, donde las elites tradicionales seguían gozando de prestigio en el campo social y cultural, respecto de los territorios nacionales del Chaco y La Pampa, estudiados por María de los Ángeles Lanzillota y María Silvia Leoni, cuya formación era más reciente y en los que esas elites estaban ausentes. En esos casos, el poblamiento reciente y la ausencia de un pasado distante al de los propios actores, abrió el camino para la tarea de colaborar en la construcción de identidades colectivas a intelectuales con menor capital simbólico: periodistas y directores de periódicos, o diversos agentes del estado nacional, como maestros y directores de escuela. Allí la formación de asociaciones o instituciones dedicadas al estudio o divulgación de representaciones del pasado fue un poco más tardía que en las provincias. Al mismo tiempo, se observa una mayor predisposición a participar sin matices en el gran relato del pasado nacional, resaltando la contribución de esas poblaciones para la expansión de la soberanía nacional, ofreciendo menos reparos a los efectos del progreso y la modernización. En tanto que en las provincias tradicionales, la historia tenía la intención de dar sentido a un proceso histórico no siempre percibido como exitoso, como en el caso de Corrientes y Santiago del Estero, con la intención de elaborar con retazos los cimientos de una identidad local que por ser histórica y geográficamente más genuina, se ofrecía como alternativa de una identidad nacional que en las décadas de 1920 y 1930 comenzaría a estar en disputa.
Desde el último cuarto del siglo XIX, los historiadores de provincia (Benigno Martínez, en Entre Ríos, Bernardo Frías en Salta, Manuel Florencio Mantilla en Corrientes, Ramón Lassaga en Santa Fe, J. V. Gonzalez y Ramón Cárcano en Córdoba) se ocuparon de escribir historias en la que los episodios nacionales eran revisados desde los espacios provinciales y sus intereses. No tuvieron la intención de reescribir la historia nacional sino recuperar aquello que había sido olvidado o injustamente valorado. Por ello, ofrecieron obras que tomaban como referencia a la provincia y su región, dedicadas a exaltar el aporte de sus hombres a la historia nacional, así como a recuperar sus tradiciones y leyendas. Su intención no era cuestionar el relato cristalizado del proceso que se iniciaba con la Revolución de Mayo de 1810 y culminaba en Caseros y la Organización Nacional, ni tampoco enfrentar el consenso liberal, sino recuperar el rol de las provincias es esa historia de la que se sentían desplazadas por el triunfo de la tradición unitaria y portenista. En ese sentido, se emparentaban con el mismo clima de ideas en el que Adolfo Saldías publicó la Historia de Rosas y su época (1881), Ramón Lassaga su Historia de López (1881); Manuel F. Mantilla Perfiles históricos (1882), Estudios biográficos sobre patriotas correntinos (1884) y la Crónica histórica de la provincia de Corrientes (1897); Benigno Martinez El general Ramirez en la historia deEntre Ríos (1885); Ernesto Quesada La època de Rosas (1898); Bernardo Frías la Historia del general Guemes y de la provincia de Salta (1902); David Peña Juan facundo Quiroga. Contribución al estudio de los caudillos argentinos (1906).
De este modo, mientras la polémica entablada por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, entre 1881 y 1882, estabilizaba un relato sobre el pasado nacional y un modo de hacer historia, comenzaban a surgir desde las provincias, incluida la díscola Buenos Aires, versiones del pasado provincial que proponían una revisión de esa historia que había coincido en otorgarle a las provincias, sus hombres y los episodios producidos en esos territorios, un carácter marginal en un relato cuyo eje se hallaba en la que había sido capital del Virreinato del Río de la Plata y ahora lo era de la nación organizada. Dichos relatos tenían en común la intención realizar una revisión del pasado que suponía un acto de reparación y justicia, antes que ser la expresión de una iconoclasia contra la memoria de los héroes que la nación había consagrado. Representaban una reacción contra la nacionalización del pasado que comenzaba a ser puesta en marcha desde el Estado como parte de un proceso de apropiación de diversas esferas de la actividad social, política, económica y cultural que hasta entonces habían quedado en manos de los gobiernos provinciales y que pasarían a la órbita del Estado Nacional.
Lentamente, los agentes de ese Estado, a través de sus instituciones, como los Colegios nacionales, fueron los medios y los vehículos de nacionalización de las elites de provincia, de cuyo seno salieron también quienes comenzaron a plantear la necesidad de reivindicar sus héroes y retener en la memoria los hechos heroicos del pasado que comenzaban a ser olvidados por las currículas nacionales y los manuales escolares distribuidos por el ministerio de educación. Las provincias carecían de manuales alternativos, aún cuando ese relato ya hubiese sido elaborado. La falta de recursos para financiarlos, el desinterés político o la inconveniencia en la medida que podía afectar las relaciones intraelites o con el poder central, sumado a la estreches de los mercados locales y regionales. María Gabriela Quiñonez, señala que recién en 1928 se publicó la Crónica histórica de la provincia de Corrientes que Manuel Mantilla había escrito treinta años antes y que se ofrecía como versión que reivindicaba el rol de su provincia en la lucha contra Rosas, complementaria de otra que sólo reconocía como sus héroes a los generales unitarios Paz y Lavalle.
Diversos factores pueden haber contribuido a esta empresa fragmentaria de revisión del pasado desde las provincias en el último cuarto del siglo XIX: la sensación de amenaza que fue despertando la inmigración masiva, la movilidad social y los efectos de la modernización que afectaban a las sociedades metropolitanas; la derrota de la revolución protagonizada por el autonomismo tejedorista de la provincia de Buenos Aires en 1880; la política de integración, cooptación, asimilación de las elites provinciales a las elites nacionales y a las burocracias estatales; la reacción contra el notable avance del Estado Nacional en el espacio provincial, que se verificaba en el aparato escolar, sobre todo en aquellas instituciones que educaban a los hijos de esas elites con libros de texto que distribuía y en los que se ofendía la memoria de sus antepasados. Pero sobre todo, para las elites tradicionales se trataba de la necesidad de saldar viejas deudas del pasado legitimando o justificando el accionar de sus antepasados, como un modo de reclamar una legitimidad de origen al momento de negociar su integración a las elites nacionales que le habían reservado un lugar relativamente marginal; y también para distinguirse de otros grupos sociales y de las nuevas elites de provincia.
A partir de la década de 1920, se observa una ampliación de los usos que adquiría la evocación del pasado, que Andrea Villagrán muestra claramente para el caso de Salta. Sobre la base de aquellos relatos y argumentos elaborados en el último cuarto del siglo XIX, el esfuerzo de reivindicación de las historias provinciales se complementó con otro que buscaba fortalecer el esfuerzo individual con la organización de instituciones que reunían a notables locales comprometidos con la misma empresa. A la vez que, la intención de revisar un pasado amenazado por el olvido y la injusticia, comenzó a adquirir un sentido identitario. En la medida que buscó en el pasado las raíces de una identidad provincial con pretensiones de ser la esencia de una identidad nacional y patriótica. Por su lado, cada provincia tuvo la ambición de ofrecerse como un reservorio de nacionalidad todavía no avasallado por la inmigración masiva y la vertiginosa modernización. En rigor, la tarea era la misma que desde Buenos Aires se había ejecutado con más éxito, ser el eje de un relato cuyo motivo central seguía siendo el origen de una nación cuyo destino cada provincia pretendía encarnar sin matices.
En parte, la reorientación del sentido atribuido a las historias provinciales estaba vinculado a los intereses de instituciones metropolitanas, como la Junta de Historia y Numismática y el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Letras, que buscaron trabar lazos con las elites provinciales para habilitar su acceso a los archivos y a documentos que, en general, se hallaban en manos privadas. También, respondía a intereses propios de las elites tradicionales de provincia cuyas posiciones relativas en el campo político, antes que en el campo social y cultural, habían sido redefinidas por la llegada del radicalismo al poder, por la movilidad social, por la aparición de nuevos espacios y nuevas oportunidades asociadas al crecimiento y diversificación de las agencias estatales. Entre otras motivaciones propias de un grupo social de tendencia conservadora y aristocratizante, partidario de cierto progreso en tanto no pusiera en cuestión su posición social ni en riesgo el orden que consideraban asociado al mantenimiento de jerarquías naturales.
Tal vez por ello, esa resistencia pasiva frente al centralismo porteño y contra un relato que marginaba a las provincias y sus hombres no pasó de ser una empresa de reivindicación. Antes que ofrecer una interpretación alternativa se conformó con completar, corregir, rescatar sin dejar de ofrecerse como tributaria de una tradición nacional que reconocía la centralidad de la “injusta Buenos Aires”, elaborada por los padres fundadores de la historiografía cuya autoridad no dejaban de reconocer.
Así, fortalecer una identidad nacional que sentían amenazada y construir una identidad provincial que preservaba del olvido las memorias familiares podían ser parte de una misma operación, que no se asumía como contradictoria. No lo era, en la medida que en ambos casos la historia permitía volver a unir aquello que había sido roto por la revolución y la guerra. Por otra parte, la recuperación de ese pasado producía una ilusión de continuidad que filiaba los hombres célebres a elites tradicionales que veían desafiadas sus posiciones fuera de la esfera social en la que seguían gozando de un prestigio menos disputado, como observan Ana Martinez y Costanza Taboada para el caso de Santiago del Estero. O que encontraban en la colonia un resguardo del prestigio amenazado por el obligado repliegue de la órbita nacional que les impuso la derrota del juarismo en 1890, si consideramos el caso de Córdoba expuesto por Ana Clarisa Agüero.
Por eso se denunciaba el olvido de algunos personajes o episodios provinciales, sobre todo los caudillos que lejos de ser bárbaros responsables de la anarquía que siguió a la disolución del poder central, habrían encarnado la posibilidad de un gobierno posible para América, cuyas raíces se hallaban en lo más remoto del pasado colonial. Ellos habían sostenido la autonomía provincial y, al mismo tiempo, garantizado el orden en sus provincias y la unidad nacional, siempre amenazada por la acción disolvente del centralismo porteño. Como muestran Gabriela Micheletti y Mariela Coudannes, ese era el lugar que le correspondía al Brigadier López, representante genuino de su pueblo surgido del sufragio universal, pero también a los hombres ilustres de las principales familias santafesinas que actuaron como sus ilustrados asesores y cuya memoria era preciso reivindicar, sin por eso dejar de profesar un profundo antirosismo y continuar valorando una historia nacional que reconocía a Mayo y Caseros como los acontecimientos fundadores del Estado y de la nacionalidad. Entonces, se trataba de una revalorización del federalismo siempre sostenido legítimamente por las provincias, a la vez contrario al centralismo porteño, que había provocado la anarquía del año XX, y a las tendencias segregacionistas de Artigas.
La motivación original de este dossier era ofrecer la posibilidad de leer en conjunto trabajos de investigadores que desde hace tiempo vienen estudiando las formas que asumieron las representaciones del pasado en las provincias, sus usos públicos, los debates que promovieron y las alternativas que ofrecieron frente a las interpretaciones preexistentes de la historia nacional. Sin embargo, el interés que despiertan excede esa motivación inicial y las breves referencias que podemos hacer de ellos en la introducción. Permiten revisar la imagen que teníamos de la historiografía argentina y poner en cuestión la supuesta homogeneidad que habría caracterizado a las interpretaciones de la historia nacional desde fines del siglo XIX. Ponen de manifiesto que los problemas relativos a los usos públicos del pasado son parte del proceso de
formación de las elites sociales y de la construcción de identidades políticas. También pueden ser leídos como un capítulo de una historia cultural e intelectual más vasta. A la vez que nos permiten observar los modos, los mecanismos y los espacios en los que se articularon intereses sociales, económicos y políticos de esas elites y de otros grupos sociales.
En cualquier caso, como en otros campos, los estudios atentos a casos provinciales y regionales aspiran a algo más que ser parte de una sumatoria de experiencias peculiares o a introducir matices en una trama más o menos conocida. Ofrecen la oportunidad de volver a pensar esa trama atendiendo a la diversidad de procesos, escenarios y actores que la constituyen. Los trabajos reunidos en el dossier esperan estimular a quienes
consideren necesario asumir ese desafío.
Gabriela Micheletti analiza dos revistas santafesinas de entresiglos, la rosarina Revista Argentina dirigida por David Peña y la santafesina Vida Intelectual en la que participan Ramón Lassaga y José Luis Busaniche, para analizar la elaboración de relatos de la historia provincial y su relación con los relatos de la historia nacional, a la vez que la constitución en torno de esas publicaciones de un espacio de sociabilidad que permite visualizar un entramado de redes locales, provinciales, regionales y nacionales. En la misma dirección, Mariela Coudannes estudia el proceso de institucionalización de la historiografía santafesina a partir de la década de 1930 y las interpretaciones historiográficas elaboradas durante esos años por miembros de elites sociales tradicionales, que apelaban al pasado para recobrar la memoria familiar, reivindicar el rol de la provincia en el escenario nacional e intervenir en el conflictivo teatro político provincial y nacional de la década de 1930.
El trabajo de María Gabriela Quiñonez se dedica a explorar los contextos de producción de las historias de Corrientes entre fines del siglo XIX y la entreguerra, que si en lo esencial conservan la reivindicación de una provincia que no había visto retribuidos los enormes sacrificios que realizó en favor de la emancipación y la organización nacional,
se desplazó del tono faccioso que predominó en la obra de Manuel Florencio Mantilla a la inflexión identitaria que le impuso Hernán Félix Gómez, entre otros intelectuales correntinos, en las décadas de 1920 y 1930.
Ana Clarisa Agüero, nos permitió generosamente incluir el capítulo V de su tesis doctoral aún inédita: Local / nacional. Córdoba: cultura urbana, contacto con Buenos Aires y lugares relativos en el mapa cultural argentino (1880-1918) . En su trabajo podemos observar una formación intelectual en la que historiadores, coleccionistas, arquitectos, editores, poetas y pintores, entre otros actores interesados en la historia provincial, participaron del proceso de construcción de representaciones de pasado elaboradas desde una Córdoba que encontraba en la colonia menos un lazo con la madre patria y la tradición hispano católica que la marca de una cultura distintiva y original, que se ofrecía como matriz de una tradición nacional patrimonial de raíces mediterráneas.
Andrea Villagrán presenta el dinámico proceso de construcción del general Güemes como héroe salteño, distinguiendo cuatro periodos en los que el significado otorgado a su figura es construido al calor de las disputas entre actores y proyectos políticos que articulan intereses que atraviesan a las elites provinciales y nacionales. Sin embargo, el
tránsito de gaucho bárbaro a héroe revolucionario, consagrado en las obras de Bernardo Frías y Juan Carlos Dávalos, no significó el abandono de las líneas directrices de un relato sobre la historia nacional ya estabilizado en la Historia de Belgrano de Bartolomé Mitre. De todos modos, observa que en Frías sirvió para poner en cuestión los
privilegios de Buenos Aires y sus aliados locales, mientras que en Dávalos se prefiguró un Güemes cuya trascendencia respecto de las disputas políticas lo convertía en referente de una identidad provincial gaucha y mestiza.
En “una ‘civilización’ sin indios o la sublimación mítica del pasado”, Ana Teresa Martinez y Constanza Taboada, estudian la construcción de la identidad santiagueña, elaborada sobre los restos arqueológicos recogidos por los hermanos Wagner, complementado por los ensayos de Bernardo Canal Feijoó. Con el firme apoyo de los gobiernos provinciales y de las elites locales, durante la entreguerra ellos imaginaron un pasado que remitía a una civilización chaqueño-santiagueña extinguida, ancestral, prehispánica y ahistórica. Elaborada con fragmentos aislados, sedimentos de una identidad provincial que, por su originalidad, tenía pretensiones de representar lo más
genuino de la nacionalidad.
María Élida Blasco analiza la formación en Dolores, en 1939, de un Museo dedicado a evocar el levantamiento de los Libres del Sur. Además del obvio antirrosismo, el interés reside en el modo en que la autora muestra la variedad de intereses y relaciones que Enrique Udaondo administra y pone en funcionamiento para el éxito de la iniciativa,
que recupera las formas míticas del indio y el gaucho como símbolos de una identidad bonaerense.
María de los Ángeles Lanzillotta y María Silvia Leoni analizan dos casos anclados en los territorios nacionales de La Pampa y Chaco, respectivamente. También allí comenzó un proceso de elaboración de un relato identitario, aunque un poco más tardío que en las provincias. Pero la singularidad de estos casos está dada sobre todo por la ausencia de
elites tradicionales que asumieran la tarea de dar cuenta del pasado de una comunidad de asentamiento reciente, dependiente administrativamente del Estado nacional, pero a la vez vinculada a las elites de los centros políticos y culturales más cercanos. Esa tarea sería asumida por agentes estatales y periodistas más dispuestos que en las elites de provincia a filiar su destino al curso de una historia de la que se sentían legítimamente parte, como abanderados del progreso y el avance de la nación en territorio hostil.
Finalmente, nuestro trabajo representa una contribución no sólo más modesta sino temporalmente anterior a las anteriores. Sin embargo, su inclusión tiene el interés de permitir la posibilidad de evaluar las condiciones de producción de las representaciones del pasado en el siglo XIX y gran parte del XX, a partir de la experiencia que llevó a cabo Vicente G. Quesada en Paraná. Desde allí intentó la empresa de construcción de una historia nacional, entendida como sumatoria de historias provinciales. El desplazamiento del poder político a Buenos Aires en 1861 significó algo más que el fin de ese proyecto, mostró los límites que tendría cualquier intento similar que no contara con los recursos financieros y simbólicos del poder central.